La tarde pasó demasiado rápido. Luca había sugerido ir a ver los caballos después de comer, y acepté sin pensarlo. El campo ardía como el mismo infierno bajo el sol, pero el viento que corría entre los pastos altos y la sonrisa que veía en Luca compensaba todo. Jamás lo había visto tan feliz… ni tan tranquilo. Caminaba unos pasos delante de mí, con las mangas arremangadas y la camisa abierta en el cuello, como si en ese lugar pudiera olvidar quién era en realidad. Se detuvo frente al corral y silbó bajo. Dos caballos levantaron la cabeza al instante. —¿Siempre vienen cuando los llamas? —pregunté. Luca se encogió de hombros, orgulloso. —A mí sí. Lo miré de reojo, divertida. —Arrogante. Él sonrió, pero era una sonrisa distinta. Más divertida. Apoyé los brazos sobre la cerca de mader

