Abrí la puerta de la casa cuando el sol ya empezaba a ocultarse tras los edificios bajos de la calle. Agradecía que el mercado más cercano quedara a solo dos cuadras, porque las bolsas comenzaban a pesar más de lo que debería. El aire dentro de la casa era más fresco. Cerré la puerta con el pie y dejé escapar un suspiro leve, acomodando mejor las bolsas entre mis dedos. Las luces estaban encendidas. Todas. Pero no se escuchaban pasos acercándose. —¿Hay alguien en casa? —pregunté, estirando el cuello inútilmente mientras avanzaba unos pasos por el pequeño recibidor. Nada. Solo el zumbido lejano del refrigerador y el sonido tenue de algo… ¿Un video? Fruncí el ceño. Caminé por el pasillo angosto, dejando una de las bolsas sobre una mesita improvisada antes de seguir hasta la cocina. Y ahí
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