CAPÍTULO — Unidos en la víspera de Navidad El pueblo amaneció con una calma rara para ser víspera de Navidad. No era la calma de los días felices: era una calma contenida, como si las casas respiraran bajito para no asustar la suerte. En las calles todavía dormidas empezaba a colarse el aroma del pan recién horneado, y desde la escuela —cerrada por vacaciones— se escuchaba, como un recuerdo, el eco de villancicos que los chicos habían ensayado la semana anterior. En la casa de Gabriel y Flor, en cambio, no había silencio posible. Había pasos apurados, tazas que chocaban, ropa doblada y desdoblada, miradas que se encontraban a medias y después se escapaban, como si se cuidaran de nombrar lo que iba a pasar. Porque ese 24 de diciembre no era “Navidad”. Era decisión. La noche anterior,

