—Puedes… correrte… —logré decir antes de que mi propio orgasmo me invadiera.
Liberé mi semen de mis testículos mientras sentía la dulce y pequeña v****a de mi hija apretar mi pene. Se corrió al mismo tiempo, frotando sus caderas contra mí y ordeñando el semen caliente de mi pene. Mi mente estaba inundada por las maravillosas sensaciones de llenar la v****a goteante de Layla mientras empujaba los últimos chorros de semen profundamente dentro de ella, antes de desplomarme sobre ella, sin aliento. Su coño aún se contraía al unísono con mi pene.
Finalmente me deslicé a su lado en el sofá. Nuestros pechos agitados y nuestras mentes entumecidas por la sobreestimulación.
—Entonces, a juzgar por la carga en mi coño, supongo que ya no hay vuelta atrás, ¿eh? —comentó Layla sin aliento, sonriéndome mientras pasaba sus dedos por mi cabello y me besaba en la frente.
—Ni aunque quisiéramos —afirmé, acariciando suavemente su piel. Era cierto. Sin importar lo que sucediera a partir de ahora, este era el punto de partida de tantas posibilidades. Solo esperaba que, fuera lo que fuera que nos deparara el futuro, no cambiara el profundo cariño que sentíamos el uno por el otro.
—Te quiero, papi —susurró Layla, tanteando el terreno ahora que éramos algo más que padre e hija.
—Yo también te quiero, princesa. Es raro, pero necesito besarte ahora mismo. Como es debido.
—Me encantaría —murmuró Layla, girando la cabeza.
Nuestros labios se unieron y nuestras lenguas danzaron apasionadamente. Sentí cómo su cuerpo se relajaba junto al mío, amoldándose al mío mientras seguíamos besándonos como amantes y nada más. Era una locura, sin duda, pero era justo lo que necesitábamos en ese momento, lo admitiéramos o no.
Interrumpiendo nuestro beso, Layla deslizó su mano por su monte de Venus hacia su humedad. Mientras yo la observaba, introdujo uno, luego dos dedos, moviéndolos hasta cubrirlos con la pegajosa mezcla de sus fluidos y mi semen. Sin pensarlo dos veces, se los llevó a la boca, chupándolos dulcemente y mirándome fijamente en busca de mi reacción, con un brillo travieso en los ojos.
—No eres el único que puede ser un papi pervertido —ronroneó entre lamidas. Sus labios succionaban las últimas gotas de la embriagadora mezcla de sus dedos mientras yo le sonreía.
—Supongo que aquí es algo natural —suspiré con cariño, mirando a mi hedonista protegida mientras echaba un vistazo al reloj de la pared—. Pero deberíamos arreglarnos. Staci llegará pronto y ahora mismo no tengo energía para explicarle nada.
—Sí, supongo que tienes razón —asintió Layla.
Nos levantamos del sofá con cansancio, recogimos nuestra ropa y toallas, y dejamos la habitación ordenada. Finalmente subimos a nuestras habitaciones y nos fundimos en un tierno abrazo.
—¿No te arrepientes? —pregunté, buscando un atisbo de duda en sus ojos.
—Ninguna en absoluto, papi —confirmó Layla, acercando mi cabeza a la suya. Nuestros labios se unieron en un beso cariñoso y sensual—. Te amo y eso nunca cambiará.
—Yo también te quiero, princesa —sonreí, dándole una palmada juguetona en el trasero desnudo—. Ahora vete a dormir.
Ella rió y entró dando saltitos a su habitación, cerrando la puerta tras de sí mientras yo alcanzaba a ver una vez más su firme figura desnuda.
Cerré la puerta tras de mí y me dejé caer sobre la cama, sumiéndome en un sueño profundo y reparador. Mientras dormitaba, no pude evitar pensar en Layla y en cómo, con suerte, esta noche sería el comienzo de muchas más aventuras amorosas, aunque un tanto perversas.