Layla vestía su atuendo habitual para dormir: una camiseta corta sin sujetador y unos pantalones cortos deportivos. Su cabello rubio claro estaba recogido en una coleta que se balanceaba de un lado a otro con gracia mientras hablaba, y me propuse decirle que se lo pusiera así más a menudo la próxima vez que habláramos. Staci también llevaba su habitual camiseta larga de algodón y bragas, con su cabello azul recogido en dos coletas iguales, y sus largas piernas tatuadas estaban encogidas despreocupadamente debajo de ella mientras charlaban, bebiendo una copa de vino. —Te dije que prometí no contárselo a nadie hasta que nos sintiéramos más… cómodos con la situación —suspiró Layla, con un tono de fastidio. —¿Cuánto tiempo durará eso? —No sé, podría ser una semana, podría no ser nunca. —¿S

