Layla vestía su atuendo habitual para dormir: una camiseta corta sin sujetador y unos pantalones cortos deportivos. Su cabello rubio claro estaba recogido en una coleta que se balanceaba de un lado a otro con gracia mientras hablaba, y me propuse decirle que se lo pusiera así más a menudo la próxima vez que habláramos. Staci también llevaba su habitual camiseta larga de algodón y bragas, con su cabello azul recogido en dos coletas iguales, y sus largas piernas tatuadas estaban encogidas despreocupadamente debajo de ella mientras charlaban, bebiendo una copa de vino.
—Te dije que prometí no contárselo a nadie hasta que nos sintiéramos más… cómodos con la situación —suspiró Layla, con un tono de fastidio.
—¿Cuánto tiempo durará eso?
—No sé, podría ser una semana, podría no ser nunca.
—¿Sabes que eres un asco? —espetó Staci, cruzando los brazos sobre el pecho con un gran puchero en la cara—. ¿Ni siquiera lo insinuaste?
—No.
—¡Por favor! ¡Solo dame algo! —suplicó Staci—. ¿Es mayor?
—Sí —cedió Layla finalmente un poco, con la esperanza de que las preguntas cesaran. No lo hicieron.
—Oh, ¿cuánto mayor? —La chica de pelo azul se animó al oír la migaja que Layla le arrojó y continuó su interrogatorio—. ¿Estamos hablando de un estudiante universitario de último año o de un hombre con cuerpo de papá?
—No te lo voy a decir. De todas formas, te he dado más de lo que debería —replicó mi princesa, bebiendo su vino con indiferencia—. Además, ¿cómo te sentirías si le contara a todo el mundo que tú y yo estamos follando?
Mis orejas se aguzaron mientras mi pene se estremecía. «¿Layla y Staci? ¿Amantes? ¿Cómo demonios se me pudo pasar eso?». Mis pensamientos viajaron a los tiempos en que tal vez su juego entre ellas parecía más que un juego; cómo Staci agarraba el trasero de Layla de forma provocativa mientras preparaba la cena, o los besos en las mejillas que parecían durar un poco más de lo debido.
Incluso hubo una vez que llegué temprano a casa del trabajo y oí la ducha abierta. Al pasar por la puerta del baño, oí unos leves gemidos que venían de la habitación, pero supuse que alguna de las chicas estaba usando la alcachofa de la ducha para masturbarse.
Entonces recordé la otra noche, cómo Layla me había dicho una y otra vez que no era tan pura como yo la hacía creer. Ahora todo cobraba sentido y definitivamente veía a mi dulce princesita con otros ojos, como si los recientes acontecimientos entre nosotras no lo hubieran confirmado ya. Cuanto más pensaba en esta nueva revelación, más me excitaba.
—Me enfadaría muchísimo —compartió Staci tras pensarlo un momento.
—Exacto. ¡Por eso quiero que dejes de hacerme todas estas preguntas! —reprendió Layla, esperando que eso mantuviera a Staci a raya por un tiempo. No funcionó.
—¿Tiene trabajo? —preguntó ella mientras Layla ponía los ojos en blanco.
—Sí, es un ejecutivo de una empresa y trabaja en una oficina en el centro de la ciudad.
—¿Tiene un buen paquete, ya sabes?
—El más grande. Deja en ridículo a la mayoría de las estrellas del porno.
—Vale, ahora te estás inventando cosas —exclamó Staci, dándose cuenta por fin.
—Te dije que no iba a decir nada más, pero seguiste insistiendo —concluyó Layla, sonriendo con picardía a la chica, que continuó imperturbable.
Este tira y afloja se prolongó durante un buen rato y tuve que admirar la determinación de ambas. Ninguna cedía y, por mucho que Layla intentara cambiar de tema, Staci se mostraba exasperantemente insistente.
—Bueno, un poco mayor. ¿Sabes en quién me imagino cuando pienso en alguien mayor? ¡En tu padre! —confesó Staci alegremente mientras Layla casi escupía el vino. Tuve que reprimir una risa desde mi rincón en el armario ante los comentarios de la chica, aunque en cierto modo me sentí halagada.
—¿Ah, sí? ¿Cómo es eso? —se recuperó Layla, escuchando atentamente mientras su amiga continuaba.
—No sé, tu padre es tan relajado y despreocupado. Deja pasar muchas cosas por aquí, pero sabes que estaría ahí para ayudarte enseguida si te metieras en problemas. Es una cualidad muy atractiva. Mis padres jamás me habrían dado la libertad que tengo aquí y supongo que, de una forma extraña, eso hace que quiera quedarme más cerca de casa cuando no estoy peleando con ninguno de ellos —explicó Staci, como si hubiera reflexionado mucho sobre el tema.
—¿Como cuando discutes con tus padres?
—Exacto. Es una pena que tu madre no se dé cuenta de lo bien que está, y me da un poco de lástima que tu padre tenga que pasar por esto. Veo lo bien que te trata y supongo que yo también quiero eso. Cuanto más tiempo paso aquí y hablo con él, más me gusta. Se podría decir que me gusta un poquito —concluyó Staci.
—¿Un pequeño flechazo, eh? —sonrió Layla con picardía, arqueando una ceja—. ¿Debería estar celosa?
—No me malinterpretes, me cae bien tu padre… mucho… pero es solo un enamoramiento inofensivo, Lays. No creo que jamás haría nada al respecto —aseguró Staci, casi eligiendo sus palabras con demasiado cuidado.
—Qué curioso, creo recordar que me dijiste algo igual de tonto justo antes de seducirme —comentó Layla con picardía.
—¡Bah! ¡Qué más da! No se puede seducir a quien está dispuesto —sonrió Staci con picardía—. Y el vino ayuda con lo demás.
—¿Así que vas a emborracharlo y aprovecharte de él? —preguntó Layla con sarcasmo.
—Funcionó contigo, ¿verdad?
—Tal vez me cansé de que me molestaras —dijo Layla riendo y sacándole la lengua a su amiga, quien le devolvió el gesto—. Hablando de beber, ¡esto se me sube a la cabeza y a la vejiga! —exclamó Layla, levantándose de la cama—. ¡Ya vuelvo! —añadió, imitando a Arnold Schwarzenegger cuando estaba un poco borracha, antes de que Staci la agarrara de la muñeca y la hiciera tumbarse encima de ella.
—¡Oye! ¿Qué demonios…?
Antes de que pudiera terminar, Staci agarró la nuca de Layla y la besó con intensidad y sensualidad. La rubia se resistió un poco al principio antes de corresponder al beso, uniendo sus labios y lenguas con pasión.
Si mi pene no estaba ya erecto, ahora lo estaba. Tuve que reacomodarme dentro del armario para poder ver con más claridad la escena que se desarrollaba ante mí, viendo cómo sus manos recorrían con urgencia los cuerpos de la otra, mientras gemidos emanaban de ambas.
Las manos de Staci se deslizaron bajo la camisa de Layla, acariciando y apretando sus pezones con fuerza, provocando que la rubia soltara un gemido en su boca mientras permanecían inmersas en su apasionado beso. Su respiración se aceleró, volviéndose más fuerte, y el leve chasquido del piercing de la lengua de Staci rozando los dientes de Layla apenas se oía por encima de la música.
Observé cómo la lengua de Layla jugueteaba con los labios de Staci, rozando su piercing labial, mezclando su saliva y dejando un brillo dulce en sus mejillas y barbillas antes de que alcanzara la parte inferior de la camiseta de Staci, quitándosela casi sin esfuerzo y dejando al descubierto los pequeños y firmes pechos de la chica de pelo azul. Layla se tomó su tiempo besando y lamiendo su cuello hasta que, al llegar a sus pechos, pasó la lengua por los pezones perforados de Staci, mordiéndolos ocasionalmente, lo que hacía que la chica soltara un pequeño grito cada vez que lo hacía.
Me sentía mareada mientras observaba a las chicas hacer que todo pareciera fácil, sus cuerpos en perfecta sincronía, lo que me hizo preguntarme cuántas veces lo habrían hecho. Para entonces, me había desabrochado los pantalones y sacado mi pene, acariciándolo suavemente mientras observaba la escena perversa desarrollarse ante mis ojos, sintiéndome especialmente excitada por el aspecto voyeurista de lo que estaba haciendo.
Las chicas continuaron su baile decadente, con Staci ahora al mando, levantando la camisa de Layla por encima de su cabeza y arrojándola descuidadamente al otro lado de la habitación. Luego comenzó a plantar besos húmedos con la lengua en los senos cremosos y firmes de Layla, succionando los pezones de color rosa intenso de mi hija mientras deslizaba sus manos por la cintura de Layla, dejando que las yemas de sus dedos recorrieran la piel sedosa de sus caderas, lo que hizo que la rubia riera nerviosamente al contacto.
—Mmmmmnnn, cuidado, vas a hacer que me orine encima de ti —respiró Layla con un tono ronco, frotando sus caderas contra la pierna de Staci para enfatizar.
—¿Qué dirías si yo quisiera que lo hicieras? —murmuró Staci mientras besaba el estómago de Layla. Sus manos se extendían hacia atrás y apretaban el trasero de la rubia.
—¿Tú… tú lo haces? —preguntó Layla, mirando a su novia, momentáneamente insegura de lo que había oído—. ¡Eres una perra muy cachonda! —Sonrió con malicia al ver la expresión de pura lujuria en el rostro de Staci.
—¡Te encanta! —replicó Staci, tirando de los pantalones cortos de Layla. Las chicas trabajaron juntas para quitárselos rápidamente, lo cual fue toda una hazaña, ya que sus labios y lenguas volvieron a estar unidos en un abrazo armonioso. Layla se puso de pie y finalmente se los quitó de una patada, colocándose de manera que tuviera una pierna a cada lado del torso de Staci, su vulva sobre el estómago de la chica de pelo azul. Desde ese ángulo, Staci pudo ver algo brillando entre los muslos de Layla.
—¿Qué es eso? —preguntó Staci, señalando la punta del tapón anal plateado firmemente insertado en el trasero de mi hija. Casi me corrí al ver el juguete entre sus nalgas, brillando a la luz de la habitación. Fue un momento de orgullo para mí, ya que Layla no me había contado nada de su progreso ese día, pero enterarme de esta manera lo hizo aún más excitante.
—Ah, sí, claro, sobre eso… iba a contártelo… —se sonrojó Layla.