—¡Maldita sea, Layla! —suspiré, observando el trasero de mi hija mientras se inclinaba para alcanzar algo en el cajón inferior del armario. La bata de seda se le levantó, dejando al descubierto su firme y redondo trasero desnudo que abrazaba con fuerza su tapón anal. Tenía que admirar la determinación de mi hija para seguir con su entrenamiento y no podía esperar al día en que le quitara la virginidad anal.
—¿Qué pasa, papi? ¿No te gusta la vista? —bromeó Layla, meneando las caderas para darle más dramatismo. Sí, ese drama. Estaba funcionando, pues mi pene se estremeció un poco.
Había pasado más de una semana desde que presencié cómo mi hija y su amiga llevaban las cosas a un nivel completamente nuevo de perversión con su exhibición de juegos acuáticos. No podía sacarme la escena de la cabeza, pero empeoraba cada vez que estaba cerca de alguna de las dos jóvenes, lo cual, lamentablemente, parecía ser escaso últimamente. Estaba trabajando largas horas tratando de finalizar una adquisición corporativa con mi equipo, lo que significaba que no estaba mucho en casa, por no hablar de que apenas veía a mi hija.
Mientras tanto, Layla acababa de ser ascendida a encargada del turno de noche en el restaurante donde trabajaba, lo que, sumado a su horario escolar, significaba que pasaba aún menos tiempo en casa que yo. Era un poco desalentador, por decir lo menos, sobre todo no tener tiempo para nosotras, ya que nuestros horarios eran tan incompatibles que resultaba ridículo.
—Me gusta mucho la vista, pero ¿y si Staci…?
—¿Y si Staci hace lo mismo que el señor Crandell? —Justo en ese momento apareció nuestra invitada de pelo azul, que se acercó sigilosamente a Layla por la cocina, rodeándola con los brazos por la cintura y dándole un abrazo largo y tierno mientras la besaba en los labios. Era difícil no ver las evidentes muestras de afecto entre las dos chicas, sabiendo lo que sabía ahora, viéndolas bajo una luz totalmente diferente a la de antes.
Había decidido mantener en secreto lo que sabía sobre su relación por el momento, ya que no tenía la menor idea de cómo podría contarles lo que vi el viernes por la noche.
—Nada, Staci, y por favor, deja de llamarme así. Soy Adam —corregí—. El señor Crandell es mi padre, y tú formas parte de esta familia, así que no hay necesidad de formalidades.
—Ay, qué dulce… Adam… que pienses así de mí —sus ojos se iluminaron con el cumplido.
—Cuidado, lo próximo que hará será llamarte “papá” —interrumpió Layla con sarcasmo, dándole a Staci una palmada juguetona en el trasero mientras el rostro de la chica se enrojecía un poco de vergüenza.
—Bueno, puede llamarme como quiera —confirmé, apurando el último sorbo de café mientras miraba mi reloj—. ¡Mierda! Tengo que irme, el tráfico va a ser infernal si no me doy prisa.
Dicho esto, metí los platos en el lavavajillas y le di a Layla un rápido beso en la mejilla, procurando que no se notara demasiado.
—Oye, ¿dónde está mi beso? —preguntó Staci haciendo un puchero.
No estaba segura de si bromeaba o no, pero le seguí la corriente. Me di la vuelta y le di un beso en la frente antes de dirigirme a la puerta principal.
—¡Te lo dije, papá, lo próximo que sabrás será “papito”! —se rió Layla mientras Staci le daba un golpe en el hombro, lo que provocó que la rubia soltara un grito de incomodidad.
—¡Os quiero, chicas! ¡Pórtense bien y que tengan un buen día! —fue todo lo que dije al salir por la puerta principal, sin querer que la conversación terminara ahí. Me subí al coche y me marché, con la mente puesta de nuevo en Layla, en cómo nuestros horarios de trabajo habían frenado nuestras actividades, preguntándome cuándo y cómo podríamos retomar la relación.
También empecé a intuir que a ella tampoco le sentaba bien. A lo largo de su vida, cada vez que sentía que no se salía con la suya, Layla siempre sacaba a relucir su lado más caprichoso, y en los últimos días notaba esa inquietud latente bajo la superficie de la habitual tranquilidad de mi hija. Como si estuviera cansada de esperar a que algo sucediera. Antes, pataleaba y gritaba hasta conseguir lo que quería, pero a medida que maduraba, se volvió más calculadora, lo que me hizo preguntarme qué le depararía el futuro.
No ayudó el hecho de que no hubiera hablado con mi esposa en más de un mes, lo cual incluso para ella parecía fuera de lo común. Sí, estaba ocupada, pero últimamente parecía aún más distante, como si algo estuviera sucediendo en su vida que no nos estaba contando.
Seguíamos enviándonos mensajes, pero era tan esporádico que no lográbamos entablar una conversación decente, y parecía que ella ocultaba algo. Tampoco es que mi noticia fuera digna de compartir, ya que, aunque Lisa era muy abierta, Layla y yo sabíamos que lo que estábamos haciendo no sería bien recibido si su madre se enteraba.
Lo dejé de lado esa mañana de lunes, cuando me puse manos a la obra. Se acercaba el momento decisivo para nuestra adquisición y todos estábamos muy nerviosos, yo incluida. Los ejecutivos andaban por ahí, lo cual no ayudaba.
Planeaba esconderme en mi oficina tanto como fuera posible, ya que estaba en un rincón apartado del piso en el que nos encontrábamos. Mi puerta daba a una pequeña alcoba que solo estaba ocupada por mi asistente, Jenna, una mujer soltera, alegre y dulce de unos treinta y tantos años que no se amedrentaba ante nadie.
Tenía el pelo castaño hasta los hombros y unos ojos azules brillantes que parecían penetrar hasta lo más profundo del alma, con un cuerpo en forma y tonificado, hecho para lucirlo.
Su atuendo habitual de oficina consistía en ropa de diseñador ajustada y tacones altos que acentuaban sus largas piernas bronceadas. Siempre elegía conjuntos que realzaban sus generosos pechos y su esbelta cintura y caderas. Más de una vez me quedé mirándole el trasero mientras se inclinaba para guardar un archivo en un cajón inferior, y estoy segura de que me pilló en más de una ocasión, pero nunca dijo nada.
Además, les había dejado muy claro a todos que nunca hacía mis necesidades donde comía, y eso incluía a mi asistente, aunque eso no impidió que los demás hombres de la oficina se acercaran a su escritorio y admiraran sus rasgos genuinamente femeninos.
Jenna también era muy buena en lo que hacía y me había salvado el pellejo en más de una ocasión, así que sentía que le debía no ser el jefe despreciable que podría haber sido. Si a eso le sumamos que ella y Lisa habían trabajado juntas, era como si tuviera un perro guardián personal vigilando mi comportamiento en la oficina. Ni que decir tiene que siempre me portaba bien cuando Jenna estaba presente.
Esa mañana estaba hasta las rodillas de papeleo cuando, alrededor de las 10:30, sonó mi teléfono móvil. Era Layla en una videollamada.
—¡Hola, papi! —El rostro de Layla iluminó la pantalla.
—Hola, princesa, ¿qué tal? —pregunté. Normalmente, si quería hablar, Layla llamaba a la oficina y me comunicaba con ella, ya que casi siempre dejaba el móvil en mi escritorio para evitar interrupciones.
—¿Estás sola?
—Pues sí, más o menos —respondí, dirigiendo la mirada hacia la puerta, donde pude ver a Jenna tecleando en su ordenador de espaldas a mí y con un auricular puesto mientras trabajaba, lo que significaba que aún podía oír algo, pero no todo.
—¡Bien! ¡Porque quería mostrarte… esto!
Layla bajó rápidamente el teléfono hasta su trasero. La pantalla se iluminó con sus hermosas y redondas nalgas. Al enfocar de nuevo, jadeé al ver que se había introducido el segundo dilatador más grande en el ano.
—¡Oh, vaya, princesa, eso… eso está muy bien! —exclamé, como si felicitara a mi hija por haber sacado un sobresaliente en su tarea, intentando mantener la compostura en mi trabajo.
Layla no lo toleró y volvió a acercarse el teléfono a la cara, con la sonrisa borrada por un ceño fruncido.
—¿Muy bien? Papi, déjame decirte algo. Llevo una hora y media tumbada desnuda en mi cama intentando meterme esta cosa por el culo, ¿y lo único que tienes que decir es “muy bien”? —escupió, sin reprimir lo que sentía.
—Escúchame un momento, princesa —empecé, intentando arreglar la situación mientras intentaba controlarme, ya que estaba en pleno trabajo y ella, bueno, se estaba comportando de forma caprichosa y mezquina—. Estoy ocupado con algo muy importante, así que perdóname si no puedo dejarlo todo y besarte el trasero, cariño.
—¡Pero no quiero que me beses el culo, papi, quiero que me lo folles! —Sus palabras hicieron que mi polla diera un pequeño salto por la desfachatez con la que habló. Levanté la vista para asegurarme de que Jenna seguía en su escritorio y, efectivamente, estaba bailando un poco en su silla mientras tecleaba, sin darse cuenta de lo que estaba pasando.
—Lo haré y te lo dije; sucederá, solo tenemos que…