—¡Maldita sea, Layla! —suspiré, observando el trasero de mi hija mientras se inclinaba para alcanzar algo en el cajón inferior del armario. La bata de seda se le levantó, dejando al descubierto su firme y redondo trasero desnudo que abrazaba con fuerza su tapón anal. Tenía que admirar la determinación de mi hija para seguir con su entrenamiento y no podía esperar al día en que le quitara la virginidad anal. —¿Qué pasa, papi? ¿No te gusta la vista? —bromeó Layla, meneando las caderas para darle más dramatismo. Sí, ese drama. Estaba funcionando, pues mi pene se estremeció un poco. Había pasado más de una semana desde que presencié cómo mi hija y su amiga llevaban las cosas a un nivel completamente nuevo de perversión con su exhibición de juegos acuáticos. No podía sacarme la escena de la c

