¡Maldita sea, Layla! —maldije mientras tropezaba con el cable de carga de su portátil. Era mi turno semanal de lavar la ropa y, por más que les había pedido a mis hijas que pusieran la ropa sucia en el cesto, seguía rebuscando en sus habitaciones, buscando la gran cantidad de ropa que, sin duda, encontraba escondida en cada rincón. Antes era una forma de dar rienda suelta a mis fantasías perversas mientras olía la entrepierna de una tanga o un par de calcetines usados. Pero cuando tienes acceso a lo real todos los días, la colada semanal se convierte en una tarea rutinaria y sin importancia. Mientras intentaba recuperar el equilibrio sin tirar del portátil del escritorio de Layla, me di cuenta de que la pantalla se encendía. En lugar del protector de pantalla habitual o el simpático fond

