"¡Maldita sea, Layla!", le grité a mi hija desde las escaleras, que como siempre se estaba tomando su tiempo para arreglarse. "¡La reserva es para ocho, date prisa!" "¡Ya voy, papi!", cantaba mi hija rubia, ajena al hecho de que me estaba irritando con su habitual indecisión. Había sido una semana de emociones encontradas desde que leí la historia de Layla y descubrí lo que Lisa les había hecho a mis dos hijas la Navidad pasada, antes de que Layla y yo comenzáramos nuestra tórrida e incestuosa aventura. Aunque parecía que Staci había superado lo sucedido hacía tiempo, intuí que a Layla le costaba más lidiar con las emociones reprimidas que ahora afloraban tras haberse sincerado conmigo sobre lo ocurrido. Por mucho que intenté hacerle entender que lo nuestro nunca cambiaría, parecía que

