—Pero si es solo entre nosotros, nadie lo sabrá. ¡No voy a ir por ahí contándole a todo el vecindario que me acuesto con mi padrastro! —El rostro de Layla se enrojeció al hablar, como si la hubiera insultado—. Sinceramente, lo he pensado mucho y quiero verte feliz. He llegado a la conclusión de que la única manera es ocupar el lugar de mamá, darte lo que ella te dio, en todos los sentidos posibles, ¡cueste lo que cueste!
—¿Lo que sea necesario? —respondí rápidamente, sintiendo cada vez más ira e incredulidad ante la insistencia de Layla—. ¿Así que, además de cocinar y mantener la casa limpia, crees que jugar con mi pene forma parte de eso? Necesitas reflexionar un poco sobre lo que dices, jovencita, porque no tienes ni idea de lo que sugieres. Incluso si esto —sea lo que sea— llegara a suceder, mis preferencias, mis gustos, mis fantasías no son lo que la mayoría de la gente consideraría normal. —La reprendí, mirándola fijamente a los ojos.
—¿Como qué? —insistió, queriendo saber más—. Parece que crees que soy una niña callada y protegida, que no sé de qué hablo. Pues bien, te tengo noticias, papá: ¡tu hijita ha crecido mucho! Yo también puedo ser un poco extrovertida, ¿o eso choca con la imagen tan dulce que tienes de mí? —Layla no iba a ceder.
Claro, nos estábamos acercando cada vez más, en parte por la necesidad de mantener un hogar, pero también debido a la soledad que ambos sentíamos, pero esa era una línea que tenía que asegurarme de no cruzar.
—No voy a discutir más contigo. Esto no va a pasar, punto final —le respondí bruscamente, con el pulso acelerado por la adrenalina ante sus provocaciones.
—¿Así que te vas a quedar aquí sentado todas las noches, de mal humor, esperando a que mamá vuelva y sin hacer absolutamente nada por tu propia felicidad mientras tanto? —preguntó Layla, tan persistente como siempre—. ¡Dios mío, no has salido en tres meses!
—Bueno, si la alternativa es la que sugieres, entonces sí, prácticamente —respondí con el tono más pausado—. ¿Y cómo sabes que no he intentado encontrar a alguien que tenga los mismos gustos que yo?
—¡Ahí vas otra vez! ¿Los mismos gustos? —insistió Layla—. ¡Vamos, papá, deja de intentar sobreprotegerme! Sé lo que te gustaba hacer a ti y a mamá, créeme.
—¿Lo sabes? ¿Y cómo ibas a saber lo que nos ‘gustaba hacer’? —le respondí con frialdad.
—Oh, no sé, veamos, hubo una vez que tú y ella fueron a un calabozo s****l y la ataste a una cruz desnuda y la azotaste durante media hora delante de un grupo de personas. ¿O qué tal la orgía a la que fueron donde ella terminó acostándose con diez tipos, sin límites, hasta que chorreaba semen por todas partes? Creo que en el porno a eso lo llaman ‘a prueba de balas’, ¿no? ¡Ah, sí! ¿Y luego está la vez que tú y tus amigos usaron todos sus agujeros durante el partido del campeonato de fútbol del año pasado? ¡Dios mío, solo de pensarlo me mojo tanto!
—¿Cómo demonios te enteraste de todo eso? —Mi rostro se puso rojo.
—Chicas charlando, papi, incluso madres e hijas. No es como si pudiera sacar el tema en las reuniones de su club de lectura y realmente necesitara contárselo a alguien —Layla criticó con sarcasmo—. Además, fue muy descriptiva. Por lo visto, tu amigo Charlie tiene una polla bastante grande. Ah, y Steve y su fascinación por los pies. Por lo visto, le encantó cuando mamá le hizo una felación con los pies durante el 4 de julio. Podría seguir…
—Vale, ya entiendo —me recosté en el sofá un momento, ordenando mis pensamientos mientras mi mente daba vueltas con las historias que mi hija recordaba de mi esposa—. ¿Así que te lo contó todo?
—Sí, todo, a veces hasta los detalles más pequeños —dijo Layla con un tono más serio—. Al principio fue un poco incómodo, pero cuanto más me contaba, más me excitaba y más ganas tenía de probarlo yo misma.
—¿Y has probado algo de eso? —pregunté, atormentada por las imágenes que me venían a la cabeza de mi dulce e inocente hija atada y usada como un juguete para el placer de otra persona.
—Claro que tengo, padrastro. Es decir, solo podía escuchar a mamá durante un tiempo antes de que me entrara la curiosidad. Después de que no regresara de su última expedición, decidí investigar un poco más a fondo para ver de qué se trataba todo aquello, si era para mí.
—¿Y fue todo lo que esperabas? —insistí, asombrada de mí misma por seguir con esta conversación—. Es decir, ¿lo disfrutaste?
—Sí, hasta cierto punto —Layla hizo una pausa—. Fui a algunos clubes y fiestas, y toqué un par de veces. Me encantaba el ambiente, la gente, y créeme, a veces se ponía bastante salvaje. Me encantaba probar cosas nuevas, pero me costaba soltarme, confiar en alguien lo suficiente como para explorar mis deseos más profundos. Al final, cuando comparaba mis experiencias con lo que me había contado mi madre, siempre faltaba algo… —continuó lentamente, arqueando una ceja—. Tú.
—¿Yo? —Tragué saliva con dificultad, sin poder creer lo que mi princesa me decía; mis impulsos volvieron a dominar mi razón—. Entonces, ¿crees que la pieza que falta es…?
—Sentado justo delante de mí, negándolo todo, con cara de tonto —dijo Layla con sarcasmo, sonriendo como si acabara de resolver el último acertijo de la ruleta rusa—. He intentado darte indirectas sutiles, pero has sido demasiado obtuso para captarlas.
—Es que no se supone que deba pensar así de mi hija —respondí con indignación, intentando mantener la compostura. La verdad era que pasar de una vida s****l normal, si no espectacular, a la inactividad total me había trastornado, y me encontraba constantemente transformando las tareas más mundanas en algo perversamente malvado. Como lavar la ropa y encontrar unas bragas de Layla.
Aunque normalmente no les prestaría atención, hubo momentos en que me sentí atraído por la vista y, aunque me costaba admitirlo, por el olor del coño de mi hija en ellas. Era un juego peligroso que mi mente jugaba conmigo y sabía que estaba mal, muy mal, pero hubo ocasiones en que me masturbé cubriéndome la cara con ellas, eyaculando con su aroma femenino como un viejo pervertido.
—He visto cómo me miras, papi, esa admiración que se convierte en una mirada como si me imaginaras desnuda o algo así, y quiero que sepas que no hay nada de malo en eso —Layla habló en voz baja, extendiendo la mano hacia la mía, sacándome momentáneamente de mi aturdimiento lleno de culpa—. Es una forma jodida de pensar las cosas, pero en serio, papi, necesitas desahogar tus frustraciones y está aquí mismo —añadió mi princesa, deslizando las manos hacia la parte superior de su toalla mientras abría la parte delantera, dejando a la vista los firmes y pecosos pechos de la joven ante mi mirada incómoda pero inmaculada. Me sorprendió la franqueza de Layla, pero intenté mantenerme impasible—. ¿Qué piensas, papi? ¿Acaso no soy toda una mujer? —Ronroneó con orgullo, balanceando sus pechos de un lado a otro para enfatizar un poco.
—¿No tienes ningún amigo con el que puedas salir? —le pregunté evadiendo la pregunta.
—¿Cuándo tengo tiempo, papi? —replicó Layla—. Entre la universidad y el trabajo, tengo suerte si puedo pasar una noche sola, ni hablar de estar con alguien. Y es un lío separar a los jugadores de los que tienen los mismos gustos que yo —añadió con un guiño, usando mis propias palabras en mi contra.
—¿De verdad quieres esto, verdad? —afirmé.
—Más que nada en el mundo ahora mismo, papá.
—Simplemente no quiero tener ningún arrepentimiento.