A la mañana siguiente, me aseguré de salir de casa antes de que nadie más se despertara, ya que no quería una confrontación incómoda con mi hija, sobre todo después de lo ocurrido el día anterior. Todavía tenía la mente confusa por cómo habían sucedido las cosas, pero logré apartar esos pensamientos y me puse manos a la obra, aunque por momentos me costaba concentrarme.
Entre el vídeo y la actitud inflexible de Layla, sabía que tarde o temprano tendríamos que hablar. Simplemente no sabía cómo ni de qué hablar. Me molestaba que pareciera pensar que debería haberlo dejado todo cuando me llamó, sabiendo lo ajetreada que iba a ser esta semana.
Estaba haciendo unos cálculos para los ejecutivos que debían estar listos al final del día cuando oí una voz familiar.
—¡Hola Jenna, cuánto tiempo sin verte! —canturreó Layla desde el rincón de la oficina.
—¡Hola Lays! ¡Sí, cuánto tiempo! ¡Mira qué mayor estás! —Jenna se movió alrededor de su escritorio para abrazar a mi hija—. ¿Qué te trae por aquí?
—Ay, ya sabes cómo es mi papá, siempre se olvida de algo en casa. Estaba en el gimnasio, así que pensé en pasar a dárselo —respondió Layla mientras las chicas se reían entre dientes.
—Claro que sí! Bueno, cariño, pasa —me invitó Jenna, haciendo pasar a mi hija a la oficina. Observé cómo Layla entraba alegremente por la puerta, cerrándola parcialmente tras ella. Todavía llevaba su ropa de gimnasia, y vi cómo la tela color cereza púrpura se estiraba y se adaptaba a cada curva de su cuerpo mientras se acercaba a mí contoneándose.
—¡Hola, papi! —exclamó alegremente, dándome un cálido abrazo. Empecé a pensar que los sucesos de ayer ya habían quedado en el olvido. Me equivoqué.
—Oye, princesa, ¿qué estás…? —comencé.
—¡Oh, basta! —interrumpió Layla, bajando un poco la voz y borrando su sonrisa—. No estoy aquí para reconciliarme, todavía no.
Se me heló la sangre al ver salir a la luz la otra cara de Layla. La mocosa.
—No, solo vine a mostrarte algo. Por suerte, esta vez no puedes ignorarme —dijo con una sonrisa pícara, girando ligeramente la cabeza, mientras su coleta rubia se balanceaba con gracia a sus espaldas. Su cuerpo aún estaba húmedo por el ejercicio mientras la observaba de arriba abajo; una fina capa de sudor cubría sus brazos y hombros desnudos.
—Siéntate —ladró Layla mientras me acomodaba en la silla. Sabía cuándo debía plantarle cara a mi hija, pero la forma en que me miraba fijamente, casi como si me traspasara, me hizo darme cuenta de que no era el momento. Revolvió algunos papeles en mi escritorio y luego se sentó sobre él, justo delante de mí.
—¿Y qué querías enseñarme? —pregunté con indiferencia, tratando de mantener un ambiente tranquilo y ligero mientras mi mirada recorría sus firmes pechos que se tensaban contra su sujetador deportivo, sus pezones asomando a través de la tela mientras suponía que el aire acondicionado de la oficina los estaba endureciendo.
Layla sonrió con picardía y levantó las piernas, apoyando un pie en cada reposabrazos de mi silla de oficina y reclinándose ligeramente en mi escritorio. Mi m*****o se estremeció un poco mientras la miraba fijamente entre sus piernas abiertas, recorriendo con la mirada sus mallas color cereza hasta llegar a su pubis.
Al mirar con más atención, pude ver sus labios vaginales carnosos dejando una leve hendidura en la tela, húmeda por su entrenamiento, y me mareé un poco al imaginar el olor que probablemente se escondía justo al otro lado.
—Solo quería mostrarte algo que probablemente hayas olvidado, ya que, como sabes, ya no podemos tener sexo —espetó Layla con tanta fuerza que estaba segura de que Jenna la habría oído. Miré más allá de la esbelta figura de mi hija y vi que la puerta seguía entreabierta, pero no del todo cerrada.
—No podemos follar… —comencé, bajando la voz casi a un susurro—, no podemos follar como tú lo llamas, porque papi tiene que asegurarse de que yo siga teniendo trabajo, para que tú puedas divertirte todo lo que quieras.
Me tensé, mis ojos clavados en los suyos mientras nos mirábamos fijamente.
—Bien. Pero solo quería recordarte lo que te estás perdiendo… —La actitud y el tono de Layla cambiaron por completo, convirtiéndose en la gatita sexy y ronroneante que recordaba de hacía apenas unas semanas.
Layla se llevó la mano a la pierna izquierda y se quitó la zapatilla del pie, girándola para que yo pudiera ver las manchas oscuras de sudor en la plantilla.
—Papá, huélelo. ¡Sé que quieres! —exclamó, acercándome la zapatilla a la cara.
—¡Ahora no, Layla! —ladré, retrocediendo.
—Escucha. Podemos hacerlo por las buenas o puedo gritar como si me estuvieras pegando y tener a media oficina aquí en menos de diez segundos. ¡Tú decides, papi! —Mi hija me respondió con cara seria, levantando de nuevo su zapatilla hacia mi cara—. Adelante, no seas tímida, huélela bien.
—¡No te atreverías! —le siseé, con los ojos ardiendo de ira.
—¿De verdad quieres averiguar qué puedo y qué no puedo hacer? ¡Vamos, papi, me conoces mejor que eso! —Layla no cedía y tuve que aceptarlo antes de encontrarme en una situación de la que no tendría forma de salir.
—De acuerdo. Jugaré a tu jueguito —comencé, dirigiendo mi nariz hacia la abertura de su zapatilla sudada e inhalando levemente. Mis sentidos se llenaron del aroma húmedo y terroso de su calzado usado mientras aspiraba el olor almizclado durante unos segundos antes de que ella lo retirara.
—Eso es, pervertida apestosa de pies, ¿verdad? Acabo de correr 5 km en la cinta antes de venir, ¡así que están bien picantes! —anunció, deslizando los dedos por la plantilla de la zapatilla antes de posarlos sobre mis labios. Abrí la boca a regañadientes y ella metió los dedos dentro, moviéndolos sobre mi lengua. Por mucho que odiara lo humillante que me estaba haciendo, mi cuerpo traicionaba a mi mente, pues mi erección comenzaba a notarse en mis pantalones.
Seguí mirando más allá de mi hija para asegurarme de que nadie entrara, y menos aún Jenna, que probablemente habría exagerado la situación. Layla me miró de reojo y, tras evaluar la situación, continuó con su farsa. Se quitó la otra zapatilla y se recostó en el escritorio, levantando los pies para que las plantas de sus pies, cubiertas con calcetines, quedaran frente a mi cara. Inmediatamente, mis ojos se fijaron en las huellas húmedas y sucias sobre las suelas blancas de algodón, y pude oler el aroma a sudor que emanaba de ellas.
Sin previo aviso, me restregó sus pies sudorosos con calcetines en la cara, frotándolos por todas partes, y su penetrante fragancia invadió mis sentidos. Layla se rió entre dientes ante la tortura y continuó frotando sus pies sudorosos por todo mi cuerpo, sabiendo que me excitaba enormemente, y mi erección se tensaba en mis pantalones.
—Qué buena perra de pies —susurró mi hija, con el rostro radiante por el placer que sentía al tener sus pies sobre mi cara antes de llevar las cosas a otro nivel.