Capítulo 3
Nicolle
Sus manos permanecieron en mi cintura un segundo más del necesario. No me presionaban, no me atraían hacia él… pero tampoco me dejaban ir.
—¿Estás bien? —preguntó al fin.
Asentí, aunque mi cuerpo no parecía muy convencido.
Mi pulso latía demasiado rápido para alguien que solo había chocado en un pasillo.
—Sí… estoy bien.
No se apartó de inmediato.
Sus ojos se detuvieron en los míos, profundos, oscuros, como si estuviera buscando algo. O tal vez huyendo de ello.
Su respiración era pausada, pero no tranquila. Yo podía sentirla, igual que el leve calor que desprendía su cuerpo.
—Debería soltarte —murmuró.
—Sí —respondí.
Ninguno se alejó.
El silencio se volvió pesado. Íntimo.
Quisiera decir muchas cosas en este momento, pero lo mejor es quedarme callada.
Bendito los brazos que me sostienen.
Dios, debo dejar de pensar en sus brazos firmes que me rodean la cintura.
—El vestido… —empezó, y se detuvo otra vez—. Te queda muy bien.
No fue un cumplido casual.
Fue una confesión a medias o eso es que mi mente y mi cuerpo querían creer por su bien.
—Gracias —dije, con la voz más baja de lo que pretendía.
Sus dedos se tensaron apenas, como si esa simple palabra hubiera sido suficiente para sacudir algo en su interior. Entonces, lentamente, me soltó. El contacto se rompió… pero la sensación permaneció, ardiente, grabada en mi piel.
Di un paso atrás. Solo uno.
—Iré por mi hija —dijo aclarándose la garganta, su mirada se volvió indescifrable.
—Está bien, yo debo ir con la señora Evie —dije pasando a su lado fingiendo que no me había afectado ese encuentro, ese choque, cuando claramente parece haber desatado un incendio dentro de mi.
Alexander pasa a mi lado sin decir nada más, respiro su aroma. Dios, que delicioso huele.
Llevo la mano a mi pecho y siento los latidos de mi corazón fuertes… ¿Por qué cuando lo veo él produce algo extraño en mi?.
Te estás volviendo loca, Nicolle, me digo.
—Te encontré cariño, ven conmigo. Ya todo está listo, debemos irnos para la iglesia la boda empezará pronto —la señora Evie apareció y me tomó del brazo.
—¿Dónde está Evie? —pregunto.
—La tiene mi esposo así que no te preocupes por ella, la cuidaremos esta noche. Creo que Rose ya te había dicho eso —menciona—. Disfruta de la fiesta, ya que no todos los días celebramos una boda.
Sonrió y niego.
—Espero que la próxima sea la tuya —dice y se aleja sonriendo.
Salimos de casa y voy con ella en el auto, el señor Fletcher es quien maneja, Tristán va a su lado y la pequeña Evie en brazos de su abuela.
Cuando llegamos a la iglesia Tristán corre a su lugar en el altar, el señor Fletcher toma a Evie en brazos de nuevo.
—Ven vamos a disfrutar de esta boda, entre los invitados estará… —las palabras de la señora Evie son interrumpidas.
—Nicolle… —escucho que me llaman cuando llegamos a la entrada de la iglesia.
Cierro los ojos con fuerza por un segundo.
—Andres Hilton —susurro su nombre.
Él sonríe y se acerca a nosotras.
—Andres cariño, que bueno verte —la señora Evie lo saluda con emoción.
—Encantado de verla, está muy hermosa como siempre.
Muy caballeroso como siempre.
—Gracias. Bueno los dejaré solos, debo ir con mi hijo que está ansioso por ver a la novia —dice ella sonriendo, me guiña un ojo y se aleja.
Si, la señora Evie me ha buscado pretendientes siempre que puede. Le agradezco que se preocupe por mi, le tengo mucho cariño, pero no quiero un novio riquillo como lo son los hijos de sus amigas. No es que sean feos, simplemente no son para mí.
—Estas hermosa, Nicolle —murmura poniéndose a mi lado.
—Gracias, yo siempre me veo hermosa —digo y él suelta una risita.
—Vamos, la boda empezará —me tiende su brazo y dudo un poco antes de tomarlo.
—¿Tu madre no se molestará? —pregunto arqueando una ceja.
—No importa si se molesta. Sabes que nunca me ha importado lo que piense.
—Bueno, vamos entonces.
Entre a la iglesia de su brazo. Los Hilton son una familia muy reconocida en Londres aunque no tanto como los Fletcher.
Nos sentamos entre los invitados, justo cuando la música comenzó a llenar la iglesia. Las conversaciones se apagaron poco a poco y todas las miradas se dirigieron hacia el altar, adornado con flores blancas y luces cálidas.
Andrés soltó mi brazo con suavidad, pero se inclinó un poco hacia mí.
—Me alegra que hayas venido
—murmuró—. Hace tiempo que no te veía tan… radiante.
—Es la boda —respondí—. El amor siempre embellece el ambiente.
O tal vez era otra cosa lo que me tenía así.
Apreté las manos sobre mi regazo y, sin querer, busqué entre la multitud algo que sabía que no encontraría. Respiré hondo y jure que pude sentir su aroma de nuevo.
La música cambió, minutos después.
Rose apareció del brazo de su padre y el salón entero suspiró. Era imposible no sonreír. Ella estaba hermosa, feliz, enamorada. El tipo de amor que todos merecían al menos una vez.
—Algún día —susurró Andrés de pronto—, tú también estarás ahí.
Lo miré, sorprendida.
—¿Ah, sí?
—Sí. Y quien esté a tu lado será un hombre muy afortunado.
Sonreí por cortesía, pero algo dentro de mí se cerró. Porque la imagen que se formó en mi mente no fue la de Andrés.
Fue la de unos ojos oscuros, una voz grave, unas manos firmes deteniéndome antes de caer.
Sentí una mirada sobre mí. No tuve que buscarla.
Alexander.
No aparté la vista de inmediato.
Nuestros ojos se encontraron entre filas de invitados.
No sonrió.
Yo tampoco.
¿Qué le pasaba a mi mente que solo pienso en él?.
No, Nicolle, por más emocionante que parezca con él no, es el padre de Rose, es mayor que yo y aún así me parece tan atractivo y tan prohibido, decía en mi mente.
Pero la noche que vendría después de la boda no sería un error.
Sería inevitable. Y él y yo caeríamos en algo que deseamos y que se supone no debía de pasar.
*****
La ceremonia fue preciosa. Andrés se ofreció a llevarme hasta el lugar de la fiesta y acepté. Él es un buen hombre y no es ningún secreto que siente algo mínimo por mi. El problema no es él, es su madre que siempre me ha visto de menos, la verdad no me importa lo que ella pueda pensar, no me importa lo que digan de mí. Estoy orgullosa de mi madre, porque aunque fue una sirvienta como le dicen, para mí fue la mujer más fuerte y trabajadora que conocí.
—¿Quiere bailar? —pregunta Andrés cuando estamos en la fiesta y muchas parejas bailan en la pista.
—No, me siento un poco cansada —respondo y bebo mi vino de un sorbo.
—Tranquila o terminarás ebria, la noche apenas empieza.
Sonreí.
—Estaré bien, hay que disfrutar de esta fiesta.
—Me ha gustado siempre como eres —dijo sin apartar su mirada de mi.
—Andres, tú sabes que nunca será posible algo entre tu y yo, por más que la señora Evie quiera. Eres encantador, pero no soy para ti —me pongo de pie—. Si me disculpas iré a felicitar a los novios y por algo más de beber.
Él soltó un suspiro.
—Estaré aquí por si te apetece bailar en algún momento —dice antes de que me aleje de su mesa.
Bebí un par de copas más. Ryan se acercó a saludar y luego se fue burlándose de mi por estar sola y bebiendo, como si él no estuviera solo el muy idiota. No sé cómo Tristán puede ser amigo de ese loco.
Durante la noche sentía una mirada sobre mi, no quise darle importancia, no quise girar por miedo a equivocarme de persona. Me alejé del bullicio y me dirigí al mirador de la propiedad con una copa más de vino, me mareé un poco, creo que ya había bebido demasiado. De repente sentí una presencia tras de mí, el pulso se me aceleró cuando escuché su voz.
—Deberías estar en la fiesta, bailando con tu acompañante —su voz ronca me hizo estremecer.
Me gire y le sonreí.
—Creo que estoy mejor aquí —respondí.
Él se acercó y se puso a mi lado, desde aquí se observaban las luces de la ciudad.
—Usted debería estar allá disfrutando de la boda de su hija ¿Que hace aquí? —inquirí.
—Quería estar lejos del bullicio ¿Te apetece? —levantó una botella de vino.
—Por supuesto.
—Aunque creo que ya has bebido mucho —bajó la botella.
—Me apetece un poco más… solo una copa, por favor —le pido haciendo un puchero.
Algo en sus ojos se oscurece, me acerco a él y levanto mi copa para que me sirva un poco.
—Veo que al ser el padre de la novia tiene beneficios, a mi solo me ofrecieron copas —comento.
—Creo que sí, pero te dieron demasiadas copas.
Me llevo la copa a la boca y la bebo de un sorbo.
—No deberías beber tanto —dice, bebiendo un poco también.
No pienso en lo que hago, me acerco más a él, siento el calor de su cuerpo, algo en él me atrae demasiado, nunca había visto a un hombre como él y nunca lo había deseado tanto como la primera vez que lo ví a él. Creo que mi estado en este momento no me ayuda mucho.
Alexander no aparta sus ojos de mi. Su respiración se acelera un poco y lo noto. Sonrió cuando su mirada baja por un segundo a mis labios.
Se inclinó un poco hacia mi.
—Me gusta mucho tu sonrisa —dijo, peligrosamente cerca de mí.
Su aliento, tibio, con un ligero olor a vino, me rozó la piel y me hizo contener la respiración. No era desagradable.
—Hay muchas más cosas de mí que podrían gustarte —respondí, reduciendo apenas la distancia entre nosotros—. Cosas que quizá ahora no eres capaz de ver.
Él sonrió, esa maldita sonrisa me hizo mojar las bragas. ¿Qué pasaría si lo beso, si decido arriesgarme a saber si está tan bueno como se ve?.
Está noche, podría ser la mejor noche de mi vida, solo si me arriesgo a ir más allá.