2

2423 Words
- Todo se está poniendo tan difícil, Junior. A veces temo lo que está por venir para todos nosotros. – dijo Tamí con voz cansada. - ¿Estás diciendo eso, Tamí? Es la mujer más optimista y luchadora que conozco. - A veces siento que hay una barrera infranqueable para nosotros... - Recuerda que la esperanza es tan necesaria para nuestra vida con el sol para la supervivencia de las plantas. Ella sonrió: - A veces pienso que debes tener un poeta en otra vida... Hablas palabras hermosas... Siempre tengo consuelo en tus palabras cuando lo necesito. Me gustaría ser como tú. Miró al joven delgado, cabello oscuro rizado y desordenado que le caía sobre el cuello y ojos castaños claros. Junior siempre tuvo una cara tranquila, era muy tranquilo y dulce. - Eres muy parecida a mí, Tamí. Solo necesitas tener un poco más de confianza en ti mismo. - Creo que necesitamos más unidad entre nuestra gente... necesitamos hacer algo. Estas dificultades no pueden ser para siempre. - Sí, Tami. La grandeza de este lugar no depende de la extensión de nuestro territorio, sino del carácter de nuestra gente. - Creo tanto en esta gente, Junior... - dijo con seriedad. – Pero tenemos que luchar por condiciones de vida más dignas. Nos necesitamos, somos muchos... La unión es la base para salir de esta situación en la que nos encontramos, sin embargo esta palabra no parece tener sentido para nadie más que para nosotros dos ... - Sí... parece un sueño lejano unir a todos por un ideal. - Cada día que pasa veo que la situación empeora para todos... la pobreza , el hambre... - Sabemos que esto no se puede solucionar de forma tan sencilla. Has estado tratando de abrir los ojos de todos durante mucho tiempo, pero a nadie le importa. - Todos están demasiado cansados para ver lo que realmente está pasando... - Mamá, ¿vamos a trabajar? Tamí miró al pequeño Albert, todo preparado, con su piqueta hecha especialmente para él en la mano. - Vamos, Alberto. - ella dijo. Tamí siguió a Junior. Albert, como siempre, corriendo delante. - Lo siento por mi hijo... todavía es tan pequeño. Quería un futuro diferente para él. - Le gusta lo que hace. - Dijo Junior con una sonrisa mirando al chico corriendo. – Esta es su diversión. - Ojalá pudiera darle una vida mejor. El se lo merece. - Todos aquí tienen este sueño, ¿verdad? Pero Albert te acompaña porque le gusta hacer esto y estar contigo. Piensa en los otros niños que ingresan a las cuevas porque necesitan sobrevivir y no porque disfrutan estar allí. - ¿De dónde vienes , los niños también trabajaban temprano? - ella preguntó. - Digamos que aquí nada es muy diferente, Tamí. Las cosas cambian de un lugar a otro, por supuesto. Pero los sueños de la gente son básicamente siempre los mismos: vivir una buena vida, trabajar y ganar bien y tener cosas. - ¿Te gustó allí? ¿Por qué viniste a la isla? Pensó antes de responder: - Honestamente, ni siquiera recuerdo muy bien cómo era vivir lejos de esta isla. Pero vine por la misma razón por la que algunas personas vienen : para intentar tener una vida mejor. Me gusta aquí. No creo que la vida en el continente, fuera de esta isla, sea mucho mejor. Pero que todo es muy diferente, sí, lo es... no se puede negar. Todo el mundo lucha por el dinero, la adquisición y la riqueza. Y olvídate de ser feliz. Sigo creyendo que estamos en el mundo para ser felices por encima de todo. Amar y ser amado. - No creo que me adaptaría al continente... Me siento pequeño frente a todo el mundo allí. Él se rió: - Nunca digas eso... al contrario. El continente no te alcanza, Tamí. Estás muy por delante de lo que piensan o quieren. Nunca lo entenderían. - Aunque tengo muchas ganas de ver el mundo fuera de esta isla, me temo. Nací aquí, dentro de una mina... - Sí, tú perteneces a este lugar y este lugar está en ti, querida Tamí. Eres parte de estas minas, de este mar, de este cielo azul que aparece todos los días. No podrías vivir en ningún otro lugar que no sea aquí. El polvo minero corre por tus venas. - ¿Alguna vez has extrañado el continente? - No. No cambiaría este lugar por ningún otro en el mundo. - Dijo Junior con firmeza. Tamí quedó impresionado por el hecho de que a su amigo le gustaba ese lugar a pesar de que él no había nacido allí. Una isla donde todo era tan difícil para todos... Él no parecía pertenecer allí porque era un hombre inteligente, sabía un poco de todo lo que ella preguntaba. Recordó que nada más llegar se convirtió en el hazmerreír de los demás buscadores. Pensaron que no sería capaz de adaptarse al trabajo duro. La buscó y pidió ayuda. Al principio trató de evitar acercarse a él, porque era un hombre. Pero poco a poco, su opinión sobre él fue cambiando y acabaron convirtiéndose en grandes amigos. Ella confiaba mucho en él. Él le había enseñado a leer y escribir. Cada noche perdía su precioso tiempo ayudándola. Tamí era una estudiante muy dedicada y una de las pocas personas en la isla que sabía leer y escribir. El sol, aun temprano, estaba castigando. La pesada ropa hacía que el sudor le recorriera el cuerpo en grandes gotas saladas. Cerca de las minas el polvo me lastimó un poco los ojos. Ya no podía ver a su hijo. Ella lo llamó, quien pronto se detuvo para que ella y Junior los alcanzaran. Albert tomó a Tamí de la mano, tratando de hacerla caminar más rápido. Terminó mirando a Junior sonriendo y dejándolo atrás, corriendo con el chico. Recogió su pico, ató a su hijo ya sí mismo en el arnés y descendió justo detrás de él. Albert siempre estaba con ella... sabía mucho sobre las minas. Pronto comenzó a golpear con fuerza el pico contra la piedra. Me tomó un tiempo encontrar algo de oro. Ese mío ya era casi escaso y probablemente pronto sería desactivado, como tantos otros. Pensó mucho mientras trabajaba, pero no se desvió de su objetivo, que era encontrar oro. Albert fue muy útil, sabía lo que estaba haciendo. Ella no quería verlo así, tan pequeño y trabajador... Pero el chico insistió y era una forma de estar juntos todo el tiempo. Lo único que tenía para ofrecerle a su hijo era amor... Y eso que le dio mucho. Albert era la razón de su vida. Después de lo sucedido, lo único en lo que podía pensar era en lo mucho que deseaba morir. Ya no tenía sentido seguir con vida. Pero pronto supo que estaba esperando un hijo de ese hombre que le hacía querer morir. Al principio, estaba enojado con todo, incluso con el mismo ser que generó. Siempre se condenaba a sí mismo cuando pensaba que algún día podría sentir eso por su propio hijo. El niño no tenía la culpa de lo que había hecho el padre. Ni siquiera se atrevió a pensar en la palabra "padre" para Todi. Temía que el niño estuviera creciendo. Ya tenía 7 años y tarde o temprano querría saber de su progenitor. Y ella todavía no sabía qué decirle al niño el día que sucedió. Sentí tanto odio, tanto rencor, tanto dolor... Nunca olvidaría todo lo que pasó ese día. Todo el mal que Todi le hizo nunca se borraría de su mente . Pero dos personas sabían todo lo que había sucedido en esa fatídica tarde: Cátia, su mejor amiga... y Velha do Mar. Y confiaba en que su secreto estaba bien guardado, aunque estos días tenía menos contacto con Katie y se arrepentía de haberle contado un poco. Ni el Padre João ni la Madre Esperança sabían la verdad. Pensaron que Albert era hijo de alguien de la isla, que involucró a Tamí y no asumió al niño. Y nunca diría la verdad a sus viejos padres adoptivos, porque no quería más odios y rencores en la vida de nadie, porque sabía lo mal que era ese sentimiento. Tamí tenía miedo de sus propios sentimientos... tenía pocos buenos dentro de ella. Tristemente, el dolor y la tristeza fueron sus compañeros constantes. No tenía lugar en su corazón para nada más que para el odio. - Mamá, ayúdame aquí. preguntó Albert, sacándola de sus pensamientos. Se dio cuenta de que su hijo tenía problemas con una enorme piedra cubierta de oro y probablemente también con mucho por dentro. Ayudó al niño y puso la piedra en su bolso. - Mamá, puedes quedarte con el oro que acabo de encontrar. - Dijo tratando de dárselo. - No, hijo mío, fuiste tú quien lo encontró. Es una gran roca... pagarán bien. Y suya. Esto podría hacer por su hijo. Sabía que aunque la roca era grande no pagarían mucho dinero por ella, pero valía la pena ver la satisfacción en los ojos del chico. Le indignó la explotación que se vivía allí y que le dio razones para seguir adelante con su vida: cambiar esa situación. Necesitaba cambiar ese futuro malvado y oscuro al que todos se dirigían . Quería poder darle al niño un futuro diferente y mejor que el suyo. Me gustaría algún día conocer al dueño de la Compañía de Conquistadores y decirle cuánto trabajo duro y vidas perdidas se necesitaron para darle toda la riqueza acumulada. Fue un hombre millonario gracias a la exploración de los mineros de la isla. Tamí se detuvo un rato a descansar. Aunque el sudor le cubría la ropa, hacía mucho frío por dentro. El chico siguió escarbando en la pared y a pesar de todo con una cara muy feliz. ¿Cómo podría ese metal amarillo hacer que tanta gente viviera por él, buscando encontrarlo? ¿Cuántas personas perdieron la vida tratando de encontrarlo o incluso robarlo? Los inspectores de minas eran ex mineros, comprados por el sistema Company of Conquerors. Pocos venían de fuera. Eran ex garimpeiros codiciosos que ahora se creían mejores que los demás. Viven lejos del pueblo, cerca del puerto donde se embarcaba el oro. Tenían comodidades como luz eléctrica, comida más barata, etc. Eran los encargados de inspeccionar todo, desde la entrada de los mineros a la mina hasta su salida. Utilizaron una especie de pistola de plástico en la salida que pasaba a unos metros de los cuerpos de los trabajadores para comprobar que no llevaban piedras escondidas. Era un sistema muy bien hecho porque cualquier piedra pegada al cuerpo sonaba muy fuerte y la persona estaba obligada a devolver lo que tenía, aunque de nada servía tener oro porque no había a quién vendérselo. El metal preciso clandestino era el temor de todos... además de no tener validez, podía deparar “castigos” que no querían saber. En poco tiempo, todos los mineros estaban allí, en todas partes. Demasiado ruido y el espacio cada vez más pequeño. Albert fue a Junior y se quedó con su amigo. - ¿Hace cuánto llegaste? – Katie preguntó algo para que su amiga la escuchara mejor. - Sí, me desperté temprano. Realmente necesitamos el dinero. – dijo Tamí, siguiendo su trabajo. Mientras trataban de hablar, ambos golpearon la pared con fuerza. Se dieron por vencidos porque no podían escucharse y tendrían que compartir la conversación con todos los presentes. El tiempo pasó rápidamente y todos se detuvieron por agua y algo para comer. Cátia observó la bolsa de su amiga llena y dijo: - No conozco mejor prospector que tú. - No seas tonto. Sabes que eres mejor que yo. - Naciste en una mina de oro... tu destino será realmente muy rico, como dice todo el mundo. - Podría ser así... - Tamí se encogió de hombros. no lo creí - ¡Tienes tiempo! - No lo creo... mira donde estamos. – Tamí miró a su alrededor, el lugar oscuro y húmedo, sostenido por piezas de madera y hierro. - Solo estar aquí para que el riesgo sea grande. Todo puede desmoronarse en cualquier momento. - ¿Estás pensando en tus padres? preguntó Katie. - No... En realidad ni siquiera pensé en ellos esta vez. Yo mismo pensé en todos nosotros . Se levantó, empacó sus cosas y volvió al trabajo. No podía perder el tiempo. Pronto pasó la tarde e invitó a Albert a irse. Aunque no parecía cansado sino feliz, no dijo que no. Siempre aceptaba las cosas que decía su madre. Nunca objeté. Era un chico de oro. Como vivía mucho con los adultos y poco con los niños, era bastante maduro para su edad. Era muy creativo en sus juegos e inteligente y se esforzaba por estar siempre cerca de su familia. Tamí había iniciado un movimiento en la isla para traer de vuelta a la maestra y el antiguo salón de clases, pero no hubo mucho apoyo. Él realmente quería que su hijo estudiara, pero los otros mineros necesitaban que sus hijos trabajaran en la mina o ayudaran en la casa, por lo que realmente no les importaba la sala de estudio. Tamí comenzó a enseñarle al niño a leer y escribir en casa, pero él no siempre estaba dispuesto a hacerlo. Le gustaba jugar, correr por la playa, descubrir nuevos animales en la arena y en el mar y ella no podía contradecirle porque tampoco vivía lejos del mar. En cuanto a la pregunta de la maestra, ella todavía no se había dado por vencida. Continuaría tratando de convencer a otros para que se unieran a su lucha. Tamí y Albert entregaron sus piedras, pasaron la “pistola de ladrones” que ella les llamaba y les pagaron por su trabajo. Cualquier buscador podía cambiar sus piedras por dinero o “bonos”. Si la opción era en efectivo, valía un 30 por ciento menos que el bono, que se podía canjear en supermercados y tiendas y también se aceptaba para pagar facturas. Ese día, a diferencia de los demás, Albert prefirió el valor de su dinero. Ella no pensó que fuera un buen trato, especialmente porque la piedra del niño valía mucho, pero no interfirió con su elección. En el camino trató de darle el dinero a su madre, pero ella insistió en que era suyo y que debía comprar algo que quisiera. - Te compraré un regalo, mamá. – dijo alegremente.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD