Esa noche, Dana se sentó junto a la piscina. Estaba en el suelo, abrazando sus rodillas. En silencio, observaba el agua en la piscina. Necesitaba respirar, por eso vino aquí. Sentía que se asfixiaba dentro de la mansión. El corazón de Dana parecía insensible por el dolor porque siempre resultaba herida, siempre por culpa de Franco. Él seguía lastimándola una y otra vez. Y ella seguía permitiéndolo tontamente, haciéndose la mártir. Volvió a morderse el labio inferior, sintiendo el escozor en sus ojos. Parpadeó rápidamente para contener el llanto. Luego, miró hacia el cielo. Ese lugar siempre había sido testigo de la tristeza y el dolor en su corazón. Ya había visto suficiente. Si el cielo pudiera hablar, seguramente se habría quejado de tantas lágrimas derramadas. —Dana— escuchó la voz d

