—DANA. Dana levantó la vista hacia Franco cuando él la llamó por su nombre. Acababan de terminar el desayuno y estaban sentados en la mesa del comedor, tomando un descanso. —¿Mmm? —respondió ella cuando sus ojos se encontraron. —Ven conmigo —dijo él con voz profunda. Ella levantó ligeramente la ceja. —¿A dónde? —preguntó, sin querer aceptar hasta saber a dónde iban. —A mi trabajo —respondió él. —¡Oh! —dijo ella. No tenía idea de por qué quería llevarla a su lugar de trabajo. —Me quedaré aquí —declinó poco después—. No tengo nada que hacer allí —añadió. Dana no tenía nada que hacer en su oficina realmente. No sabía nada sobre su trabajo allí. ¿Y qué haría en su oficina de todos modos? No podía simplemente sentarse allí todo el día. —Tienes algo que hacer allí —le dijo él. Ella leva

