Isabella se sentó junto a la ventana, mirando la lluvia que golpeaba los cristales, el estudio estaba sumido en un silencio sepulcral, roto solo por el suave rasgueo de la pluma sobre el papel, pero esta vez, no era ella quien escribía, no era Noah, sino que la pluma estaba en manos de Henry, su esposo, quien había tomado la responsabilidad de continuar con la columna literaria que había cautivado a los lectores durante meses. Isabella había sido “Noah”, el misterioso autor que había encantado a la ciudad con sus relatos, nadie sospechaba que detrás del seudónimo de Noah, se escondía una mujer apasionada por las palabras y las historias, pero ahora, todo había cambiado, las circunstancias habían obligado a Isabella a revelar su verdadera identidad a Henry y él había aceptado el secreto co

