Ruedo los ojos con fastidio al verla caminar con su habitual arrogancia, como si tuviera derecho a estar aquí. Su cabello castaño ondea con la brisa mientras cruza la piscina para llegar hasta mí, con ese aire de superioridad que me crispa los nervios. ―Pensé que mi esposo te dijo que te fueras ―suelto sin filtro, dejando claro que su presencia no es bienvenida. Ella suspira con dramatismo, como si le fastidiara mi existencia. ―Se me olvidó mi…celular ―responde con evidente falsedad. No le creo ni por un segundo. Me cruzo de brazos, mirándola con incredulidad. ―Él está en una reunión ―respondo con tono monótono―. Le diré que te lo envié por mensajería. Ahora, largo de aquí. Regina no se mueve, su sonrisa cínica sigue intacta. ―Me humillaste. Me quitaste a mi prometido. Y encima tien

