Lleno mis pulmones de aire, forzándome a mantener la compostura sin apartar mi vista de la suya. No le daré el placer de verme dudar. Mi corazón palpita como una bomba de tiempo, pero mis ojos siguen fijos en los suyos, demostrándole que no tengo miedo, que no me afecta tenerlo al frente de mí, que su presencia envolvente no me consume. Aunque es mentira. Permanezco dentro del auto, con los dedos crispados alrededor del volante. Sus palabras todavía reverberan en mis oídos, su voz ronca y amenazante aún se filtra en mi piel, casi fulminando mi corazón con cada latido acelerado. ―¡Voy a acelerar! ―Exclamo apretando los dientes. Mi propia voz suena forzada, como si intentara convencerme a mí misma. Porque sé en el fondo que no soy capaz. Y él también lo sabe. Malachi no se inmuta. Ni un pe

