El colchón se hunde y, poco después, me gira boca arriba. Así es como lo veo, A Malachi, entre mis piernas. Con los pantalones medio bajados, la polla dura en su mano, con la joya en su glande brillando ante mis ojos y con la “A” marcada en su tronco, rodeada de venas gruesas, dura, palpitante, jodidamente perfecta. Un nuevo espasmo de deseo me sacude, una oleada de calor sube a mi vientre y me quema la piel. Lo odio. Odio la forma en que mi coño sigue palpitando por él. Odio la manera en que se me hace agua la boca al verle. Odio que ver su polla goteando preseminal me haga mojarme más de lo que ya estoy. ―Termina lo que empezaste o déjame en paz ―gruño con la voz rasposa. Pero cuesta sonar amenazadora cuando estoy empotrada debajo de un hombre sudoroso, grande y dominante como Malachi.

