Respiro profundo, este hombre me va a volver loca. Es imposible descifrar el próximo de sus movimientos, palabras o algo que llega finitamente a alterar mi psiquis. Su sola presencia me asfixia, me enreda y me atrapa en un bucle de emociones que no deberían existir. ―Esta luna de miel se acabó ―anuncio, esperando una reacción explosiva, pero también como una petición disfrazada de negociación. Malachi toma una bocanada de aire, pausado, calculador, como si ya supiera que diría esto. Asiente sin pelearme, como si hubiera previsto que yo lo haría. ―Regresaremos y no creas que olvidaré esto fácilmente. No te he perdonado ―insisto, esperando provocarlo, buscando que reaccione de alguna forma que me haga sentir en control. ―Me esforzaré en que lo hagas. ―No, Malachi. ―Sí, diabla. Te daré

