El retumbar de los acordes de la guitarra y las trompetas inunda el restaurante, envolviéndonos en un aura de romanticismo que no debería existir entre nosotros, no después de todo lo que ha pasado, no después de la forma en la que me ha poseído sin piedad. Mi piel se estremece al reconocer la melodía, “Sabes una cosa” de Luis Miguel. Siento el calor trepar por mi rostro cuando uno de los mariachis me entrega un ramo de rosas azules, tan exóticas y hermosas que me dejan momentáneamente sin aliento. Me afianzo a los tallos entre mis dedos, intentando procesar lo que está ocurriendo. La última vez que un hombre me dio serenata con mariachis fue en mis quince años, y fue mi abuelo quien lo hizo, asegurándome que ningún otro hombre lo haría jamás. "Los hombres en la mafia no son románticos", m

