Mariel lloraba con rabia, sus lágrimas caían calientes por sus mejillas mientras apretaba los puños. Estaba furiosa, desgarrada por dentro, y no podía contener el temblor de su cuerpo. El pecho le subía y bajaba con violencia, y su mirada se clavaba con odio en la figura temblorosa de Aidé, que apenas se sostenía frente a ella y que había llegado. —¿Por qué no desapareces? —gruñó Mariel entre dientes, avanzando con pasos firmes, como si su dolor le diera fuerza. En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Lyrius entró, el ceño fruncido, la mirada afilada. Su sola presencia impuso silencio. —¡Amor…! —balbuceó Mariel al verlo. Pero él no le dio tiempo. Su voz retumbó en la sala como un trueno. —¡Basta, Mariel! —espetó con frialdad—. Deja en paz a Aidé. Te lo ordeno. Aidé retro

