Serena lo empujó con torpeza, como si sus manos temblorosas apenas pudieran reunir la fuerza suficiente para apartarlo.
Detuvo el beso justo a tiempo, jadeando con el corazón desbocado. Retrocedió unos pasos, como una niña asustada que acababa de ver al lobo disfrazado de salvador.
Sus ojos, grandes y brillantes, lo miraban con una mezcla de sorpresa, miedo y algo más difícil de descifrar… ¿desconfianza? ¿repulsión?
El hombre sonrió con una calma inquietante, como si su gesto no hubiera sido rechazado, como si no importara.
—Entonces debo irme —dijo, con voz suave, como quien anuncia algo inevitable—. Pero volveré mañana muy temprano. Te llevaré a Illiria. Debemos casarnos. Prepara tus documentos, ¿de acuerdo?
Serena se quedó inmóvil. Lo miró como si acabara de hablarle en una lengua desconocida.
Casarse. Esa palabra la golpeó como un relámpago, haciéndola estremecer. Apretó los labios, conteniendo las palabras que se le agolpaban en la garganta. No dijo nada.
El silencio entre ambos era espeso, incómodo. Él, imperturbable, se dio media vuelta y salió de la cabaña como si todo estuviera resuelto. Como si ella ya le perteneciera.
Cuando finalmente lo vio desaparecer entre los árboles, Serena se llevó una mano al pecho. Su corazón latía con fuerza, como si quisiera huir de su cuerpo.
Le costaba respirar. La madera de la cabaña, el techo bajo, el eco del silencio… todo parecía cerrar sobre ella, atraparla.
«¡Yo no voy a casarme!», pensó, con desesperación. Sintió las lágrimas arder en sus ojos, pero las contuvo. No podía permitirse llorar.
No ahora.
«Papá… ¿quién es este hombre? ¿Por qué me lo enviaste? ¿Qué estás ocultando? ¿Y si me lastima? ¿Y si nunca vuelvo a ver este bosque?»
Su mente era un torbellino de preguntas sin respuesta. Se abrazó a sí misma, buscando una seguridad que no hallaba. El miedo crecía en su pecho como una raíz venenosa.
«No puedo estar con él», pensó. «No quiero. No lo conozco. No me escucha. Y sin embargo… habla como si yo ya fuera suya.»
Una ráfaga de viento cruzó la cabaña y apagó la vela. Serena se quedó en la oscuridad, con el sonido de su propio corazón golpeando fuerte, como un tambor de guerra.
Supo, con una certeza punzante, que lo único que deseaba en ese instante era huir. Irse lejos. Escapar de él.
De su voz, de su mirada penetrante, de esa seguridad con la que hablaba como si ya la poseyera.
Serena sintió un temblor en las piernas, pero no se permitió ceder al miedo. Se giró con decisión y, casi sin pensar, comenzó a empacar lo poco que podía llevar. Su mochila, pequeña y gastada, apenas podía contener lo esencial. Pero eso era suficiente.
Metió un cambio de ropa, un cuchillo pequeño, unas cuantas latas de comida que aún conservaba en la alacena y una linterna medio rota que esperaba funcionara al menos por un par de noches.
Luego, rebuscó entre las tablas sueltas del suelo hasta dar con la pequeña bolsa de tela donde guardaba su dinero. No era mucho… apenas unas monedas, un par de billetes viejos.
No alcanzaba para sobrevivir mucho tiempo, pero eso no la detendría.
Tomó su arco. Sus dedos lo rozaron con una familiaridad casi reconfortante.
También la aljaba con las pocas flechas que le quedaban. Lo siguiente fue su caña de pescar, vieja pero confiable, otro legado de su padre.
Si había algo que él le enseñó desde pequeña, era que la naturaleza siempre tenía algo que ofrecer… si sabías esperar con paciencia.
Cuando tuvo todo listo, respiró hondo.
Por un instante, sus ojos recorrieron la cabaña. Cada rincón estaba impregnado de recuerdos: la silla de su padre junto al fuego, los libros viejos apilados, la manta tejida por su madre que aún colgaba en la pared.
Un nudo se formó en su garganta.
«Voy a sobrevivir», se prometió. «No voy a quedarme aquí esperando que él regrese y me arrastre a una vida que no elegí.»
Saldría en el viejo bote que su padre mantenía oculto entre los juncos del lago.
Sabía manejarlo. Sabía cómo orientarse con las estrellas.
Había escuchado suficientes historias de caminos secretos y aldeas ocultas para saber que, allá afuera, existía una oportunidad.
Aunque fuera pequeña, aunque fuera arriesgada.
Y sin embargo…
Al colocarse la mochila sobre los hombros, una duda cruel se le deslizó por la espalda como una gota helada.
¿Por qué su corazón latía tan fuerte cerca de ese hombre?
No era solo miedo. No era solo incertidumbre.
Era algo más.
Una atracción peligrosa.
Una fuerza invisible que parecía tirar de ella incluso cuando su mente gritaba que corriera. Era el modo en que él la miraba, como si pudiera ver algo que ni ella misma conocía.
Como si supiera secretos que jamás le habían contado.
—No… —murmuró, sacudiendo la cabeza—. No puede decidir por mí. No sin que yo sepa quién es. Qué quiere. Por qué me hace sentir así…
Sus dedos se apretaron en torno al arco. Iba a irse. Iba a buscar sus propias respuestas. Y si él la seguía… si intentaba obligarla… tendría que enfrentarse a algo más que una niña asustada.
Tendría que enfrentarse a Serena, salvaje del bosque.
Y ella no iba a rendirse sin luchar.
Una vez que todo estuvo listo, Serena se detuvo un segundo en la puerta de su hogar. Su pecho subía y bajaba con rapidez.
Sabía que al cruzar ese umbral no habría vuelta atrás. Su vida, tal como la conocía, quedaría enterrada en la cabaña de su infancia.
Pero ya no podía permitirse vacilar.
Cerró la puerta sin mirar atrás.
El viento nocturno azotaba las ramas de los árboles, susurrando advertencias que se perdían en el murmullo del lago. Serena llegó hasta el muelle improvisado, donde el viejo bote de su padre esperaba, cubierto por algas secas y musgo. Liberó la cuerda con dedos temblorosos, se subió con rapidez, y comenzó a alejarse con esfuerzo, usando un remo que crujía con cada movimiento. El agua la recibía con un sonido sereno… demasiado sereno.
Estaba a punto de alcanzar la mitad del lago cuando un sonido la congeló.
El rugido de un motor.
Serena giró la cabeza con un sobresalto, y su corazón se detuvo un segundo.
Un automóvil oscuro se había detenido justo frente a la cabaña. Dos figuras bajaron con rapidez. No podía distinguir sus rostros desde la distancia, pero algo en su forma de moverse, en la forma en que miraban alrededor, la hizo entrar en pánico.
Estaban encapuchados.
—No… —susurró. El remo se le resbaló un poco entre los dedos—. No puede ser…
Los hombres la vieron. Uno de ellos señaló hacia el lago y ambos comenzaron a correr hacia la orilla. Serena intentó remar más rápido, su cuerpo temblando de miedo, las lágrimas comenzando a empañar su visión. Pero no fue suficiente.
Una de las figuras saltó al agua. El otro lo siguió. El lago estaba oscuro, pero ellos nadaban con fuerza, con la determinación de cazadores detrás de una presa.
Serena gritó. Trató de ponerse de pie en el bote, de buscar su navaja. Sabía que era peligroso, que podía volcarse, pero el miedo la guiaba.
Antes de que pudiera reaccionar, unas manos mojadas y frías la tomaron por los tobillos. Un tirón. Cayó dentro del bote. Su cuerpo golpeó la madera con un estruendo sordo.
—¡Suéltenme! ¡Déjenme! —gritó con desesperación, pataleando, arañando, luchando con la furia de una criatura acorralada.
Logró sacar su navaja, pero apenas tuvo tiempo de abrirla antes de que le sujetaran las muñecas con fuerza brutal. La navaja cayó al fondo del bote, inútil. Uno de los encapuchados la inmovilizó contra la madera mientras el otro sacaba una tira negra de tela.
—¡No! ¡No! ¡¿Quiénes son?! ¡¿Qué quieren de mí?! —chilló, la voz rota, desesperada, al borde del colapso.
Pero no obtuvo respuesta. Solo silencio. Un silencio cruel y opresivo.
La tela cubrió sus ojos, robándole la luz, la forma, el sentido. La oscuridad cayó sobre ella como un manto pesado y siniestro. Serena sintió que se ahogaba. Su respiración se volvió errática. Su mente gritaba, se debatía, pero su cuerpo ya no respondía.
La oscuridad ya no era solo externa.
Era interna.
Estaba atrapada.
Y lo peor era que no sabía por qué.
Ni quién la quería en ese lugar.
Ni a dónde la llevaban.
Solo supo que, en ese momento, dejó de ser libre.
No sabía cuánto tiempo había pasado.
Todo era oscuridad detrás de la venda. Serena apenas podía distinguir los sonidos del mundo exterior, más allá del traqueteo constante del auto, el zumbido grave del motor y, de vez en cuando, el murmullo ahogado de voces masculinas que hablaban en susurros. La incomodidad de sus muñecas atadas comenzaba a convertirse en un ardor punzante, y sus piernas entumecidas dolían más con cada segundo.
El miedo se había instalado en su pecho como un animal salvaje, mordiéndole el aire, impidiéndole pensar con claridad.
Sabía que iba en un auto. Sentía los giros, las curvas, los baches en el camino. El vehículo frenó en seco varias veces, solo para volver a acelerar. ¿La estarían perdiendo? ¿Dando vueltas para que no pudiera ubicar el lugar?
¿La estaban llevando a morir?
No quería pensar en eso. No podía.
El coche finalmente se detuvo con un chirrido seco. Un portazo retumbó. Y luego otro. El sonido de pasos acercándose fue lo único que la preparó antes de que una mano se cerrara bruscamente sobre su brazo.
—¡No me toques! —gritó, forcejeando. Pero no tuvo oportunidad. Las ataduras y la venda la hacían torpe, impotente.
La arrastraron fuera del auto como si fuese un objeto sin valor. Sus pies golpearon el suelo con fuerza. Arena. Tierra húmeda. Tal vez bosque. Tal vez no. No podía saberlo. Solo podía sentir el frío recorriéndole la espalda como una lengua helada.
Era como si fuese un animal.
Un bulto de carne que trasladaban de un lado a otro, sin voluntad, sin voz.
—¿A dónde me llevan? —preguntó, con la voz rota por el terror, el orgullo aplastado, la desesperación acumulada.
Una carcajada seca resonó cerca de su oído. Luego, una voz masculina, con un tono burlón y ominoso, le respondió:
—La llevamos a la guarida de la bestia. Él espera por ti.
Serena se quedó paralizada.
El frío dejó de ser externo.
Se coló dentro de sus huesos, de su sangre.
La bestia.
Ese nombre maldito, esa presencia aterradora que la había perseguido incluso en sueños. Esa sombra que se cernía sobre su pasado. Ese hombre… el mismo que había matado a su padre sin piedad. El mismo del que había huido, pensando que jamás volvería a encontrarla.
No era una leyenda. No era un fantasma.
Estaba vivo.
Y la estaba esperando.
—No… —susurró. Pero nadie la escuchó. O, peor aún, nadie quiso hacerlo.
Sus pasos arrastrados resonaban como ecos de una condena inminente. Serena ya no era dueña de su destino. Pero algo dentro de ella, muy al fondo, aún latía con rabia.
No te voy a temer… No voy a rendirme…
Aunque esta oscuridad me trague viva, pelearé hasta el último aliento.
Cada paso era una tortura.
El suelo irregular golpeaba sus pies descalzos con piedras filosas, raíces húmedas y charcos helados. Serena apenas podía mantener el equilibrio, tambaleándose con cada tirón de los hombres que la guiaban a ciegas. Sus muñecas dolían por las ataduras y cada músculo de su cuerpo estaba tenso, al borde del colapso. Respiraba con dificultad, como si el aire mismo se negara a entrar en sus pulmones.
La hicieron bajar unas escaleras—de madera, por el crujido bajo su peso—y luego giraron por un pasillo donde el olor a humedad y encierro la golpeó como una bofetada. El aire ahí abajo era espeso, cargado de algo que no sabía si era moho… o miedo acumulado por años.
De pronto, se detuvieron.
Un par de manos la empujaron bruscamente y su cuerpo cayó en una silla. Antes de que pudiera intentar moverse, sintió cómo le ataban las muñecas al respaldo y los tobillos a las patas. La cuerda se hundía en su piel como si quisiera convertirse en parte de ella.
Entonces, sin advertencia, escuchó una puerta cerrarse con fuerza.
Y el silencio se volvió ensordecedor.
La oscuridad, total.
El frío, insoportable.
El corazón le latía con tal fuerza que sentía que iba a romperle el pecho. Serena tragó saliva, con los labios resecos, y una lágrima se deslizó por su mejilla como si intentara huir de lo que ella no podía.
Estaba sola.
O eso creyó.
Solo un segundo después, lo supo.
No estaba sola.
No hacía falta verlo.
La atmósfera cambió de golpe, como si algo invisible se hubiera deslizado dentro del cuarto. El aire se volvió más denso, más pesado, como si una presencia se arrastrara por las paredes, acechando, observando. Serena no podía oírlo… pero lo sentía.
Él estaba ahí.
La bestia.
No necesitaba verlo para reconocerlo. El olor metálico en el ambiente, el silencio expectante, ese escalofrío que le subió por la espalda como un susurro de muerte. Él estaba merodeando. Viéndola. Disfrutando su miedo.
Serena contuvo el aliento, con los ojos apretados bajo la venda, como si eso pudiera protegerla de lo inevitable.
La bestia estaba cerca.
Y ella, completamente a su merced.
Pero incluso entonces, en la profundidad de su miedo, una chispa se encendió dentro de su pecho. Tal vez estaba encadenada. Tal vez no podía moverse, ni ver, ni gritar… pero aún era ella. Aún tenía su nombre, su historia, su verdad.
Y esa chispa, si lograba sobrevivir, algún día se convertiría en fuego.