—Dime que no —suplicó Serena, con la voz quebrada por el miedo y la esperanza entrelazadas—. Por favor, dime que no eres tú. Dime que no eres… la bestia. Su corazón latía con fuerza, una tormenta dentro de su pecho. Sus manos temblaban mientras lo miraba, buscando en sus ojos una verdad distinta, una salvación. Leonid la abrazó. Sus brazos la rodearon con la suavidad de una mentira bien construida. —Claro que no lo soy —murmuró, con la voz serena, casi tierna. Ella lanzó un suspiro largo, desesperado. Era un suspiro de alivio… o más bien de necesidad. Necesitaba creerle. Quería pensar que aún estaba a salvo entre sus brazos, que todo había sido una terrible confusión, una pesadilla con final feliz. Se aferró a él con más fuerza, como si su calor pudiera disipar las dudas. Sintió cómo

