Cuando Serena abrió los ojos, sintió por un segundo que todo había sido una pesadilla. La suavidad del camisón de seda que cubría su cuerpo y el olor a sándalo en el aire le confirmaron que seguía en la habitación de Leonid Volko. No estaba sola. El doctor, de semblante severo, acababa de guardar sus cosas en un maletín de cuero. Al verla despertar, asintió con respeto, pero no pronunció palabra. Leonid estaba sentado a su lado. Su silueta poderosa y dominante contrastaba con la fragilidad que sentía Serena en ese momento. Él la observaba en silencio, como si intentara descifrar su alma a través de su mirada cansada. —Fue el susto… —dijo finalmente, su voz grave, baja, como si no supiera cómo acercarse sin romperla—. ¿Cómo te sientes? Serena no respondió de inmediato. Giró el rost

