Serena fue arrastrada hasta la habitación con brusquedad, sus pasos tambaleaban por la mezcla de rabia y dolor que le invadía el pecho. Las puertas se cerraron tras ella, y cuando alzó la vista, sus ojos se encontraron con los de él. Leonid. Una tormenta rugió en su interior. —¡Maldito! —gritó con una furia desgarradora mientras sus puños golpeaban su propio pecho, como si quisiera sacarse el corazón—. ¡Desgraciado, infeliz… monstruo! Sus palabras eran cuchillos que volaban con la desesperación de quien ya no tiene nada que perder. Él, firme y en silencio, apenas reaccionó… pero su mandíbula se tensó. Apretó las quijadas con fuerza y, por primera vez en años, sintió algo parecido a una punzada. No era culpa. No era compasión. Era otra cosa… un nudo que se le formó justo donde creía

