Lyrius no pudo evitarlo. Algo en la forma en que Aidé lo miraba, rota y desafiante al mismo tiempo, lo jalaba como un abismo del que no podía escapar. Hasta un deseo irrefrenable. Se acercó, un paso lento, otro más… hasta que su aliento rozó los labios temblorosos de ella. El corazón de Aidé latía desbocado, no por deseo, sino por rabia, por miedo, por la insoportable tensión que lo envolvía todo. Sus labios estaban a punto de tocarse cuando un sonido cortó el momento como una cuchilla en carne viva. Un sollozo. Lyrius giró apenas el rostro, lo suficiente para verla. Allí estaba. —¡Mariel! —exclamó, como si su nombre le devolviera el juicio. El instante se quebró. Lyrius dio un paso atrás y empujó con fuerza a Aidé. Ella, frágil por fuera, pero endurecida por dentro, cayó al suelo

