En los límites del extenso terreno de la mansión Volko, Mariel se aferraba a los barrotes de su habitación con una furia contenida. Había pasado días planeando su liberación, usando su sonrisa seductora y su astucia para manipular a quienes creía inferiores. Y ahora, por fin, su plan estaba a punto de concretarse. Había convencido a dos mucamas jóvenes, Clara y Lucía, de que estaba siendo retenida injustamente. Les habló de promesas rotas, de traiciones, de cómo la mujer con la que Lyrius planeaba casarse no era más que una usurpadora. Pero lo que realmente las convenció fue el miedo. Mariel sabía cómo usar las palabras como cuchillos. —Debemos hacer algo por el bien de esta familia y les haré ricas, porque espero al heredero Volko —susurró, mientras las ayudaba a verter un polvo

