Ella no dejó de acariciarlo, deleitándose en cada reacción de su cuerpo. Era como si su lengua tejiera un conjuro, uno de placer crudo y adictivo. Cada leve roce, cada movimiento lento y húmedo arrancaba un jadeo profundo del pecho de Leonid. Sus ojos se cerraron y su espalda se arqueó ligeramente. Su mandíbula se tensó, y luego sus ojos se pusieron en blanco, como si estuviera a punto de perder la razón. El control que usualmente tenía sobre sí mismo se disolvía poco a poco, convertido en puro deseo. —Mierda… —murmuró entre dientes, con voz rasposa, como si sus cuerdas vocales ardieran de deseo. De pronto, tomó su cabello con firmeza, reuniéndolo en una coleta improvisada. Ya no podía mantenerse pasivo. Necesitaba tomar el control. Con movimientos calculados pero desesperado

