Kaitlyn Andrews nunca había sentido tanto miedo en su vida, se sentía desolada en ese paraje desconocido, había llegado esa mañana a Seattle en el estado de Washington huyendo de los matones de Gary Morrison.
Las lágrimas acudieron a sus ojos, recordó los gritos en la casa de su padre y de cómo este la empujó hacia la puerta de atrás mientras tomaba su pistola Colt calibre 45 que siempre guardaba en casa después de años de servicio en el ejército norteamericano y como oficial de policía en Las Vegas.
Cuando iban corriendo por el patio trasero de la casa, con la intención de salir por la otra calle y tomar el coche que estaba estacionado cerca, se oyeron disparos, las balas silbaban por encima de sus cabezas.
—Sigue corriendo, hija— le dijo su padre con voz apurada por el desespero— El auto lo dejé estacionado frente a la casa de Willy, sube, enciéndelo y mantente lista para arrancar cuando yo llegue.
Kaitlyn siguió corriendo con toda la velocidad que podía imprimir a sus piernas, ella siempre había sido buena en los deportes y estos años, después de su divorcio, había seguido entrenando como lo había hecho en su juventud, por lo que se conservaba bastante fuerte.
Cuando llegó al auto vió que las llaves estaban puestas en el encendido de manera que lo encendió y lo mantuvo acelerado con el pie sobre el freno para poder arrancar a toda velocidad apenas subiera su padre.
Se escucharon varias detonaciones de la pistola de su padre, su ronco latido lo conocía ella muy bien, pues siempre que podía acompañaba a su padre al polígono de tiro para practicar tiro al blanco con él. Estaba muy nerviosa pero se mantenía con toda la calma que podía, en eso vio a su padre emerger de entre los arbustos que estaban en la casa de al lado de donde ella había salido y cuando él llegó a la mitad de la calle se escucharon varias detonaciones.
Kaitlyn vió con horror cómo su padre caía y soltaba su pistola, en la espalda se le marcaron tres heridas donde lo habían impactado los proyectiles, pero aun así, mal herido levantó la cabeza y con las últimas fuerzas que le quedaban le gritó tan alto como pudo.
—¡Vete Kay! ¡Ahora! —dijo su padre.
Ella no quería pero en eso vió que su padre había dejado caer la cabeza sobre el pavimento y tres hombres vestidos de trajes oscuros salían apuntando hacia donde ella estaba, ella soltó el freno y el automóvil dió un brinco hacia adelante.
Los sujetos dispararon sobre el auto rompiendo la ventanilla de la puerta trasera de ese lado y el parabrisas trasero, otros disparos dieron en la robusta carrocería sin hacer mayor daño, incluso una pegó en el techo justo sobre la ventana del conductor y otra dió en el marco de la puerta de ese mismo lado, pero ella no se detuvo, las lágrimas rodaban libremente por su cara sin embargo tuvo todavía la oportunidad de ver por el espejo retrovisor, dos de los sujetos aún le disparaban, pero sin mucha puntería debido en gran parte por las irregularidades de la vía que no era completamente plana.
El otro individuo volteó el cuerpo de su padre boca arriba y le disparó dos veces más. Kaitlyn estaba segura de que su padre había muerto sacrificándose por ella, siempre la había cuidado, “su Kay” como él la llamaba cariñosamente desde que era una pequeña.
Nuevas lágrimas le empañaban la vista, pero ella las limpiaba con rabia sin disminuir la velocidad, el viejo “Chevy” de su padre respondía a las mil maravillas a pesar de ser un auto tan viejo, su padre siempre lo mantenía a punto.
Iba directamente hacia la interestatal, su padre le había dicho que saliera esa misma noche de la ciudad, por eso tenía todas sus cosas en el auto, porque su padre pensaba llevarla hasta el estado de Washington para que tomara un bus en Seattle hacia la frontera canadiense, quería que se fuera con su tía que vivía en Juneau para desaparecer por un tiempo, muy pocas personas sabían que él tenía una hermana y mucho menos sabían que vivía en Alaska, ya que habían dejado de verse desde que eran niños.
Ahora tendría que hacer el recorrido ella sola, por fortuna había metido también su bolso en el auto y encima sólo llevaba un pequeño koala que usaba para cargar sus documentos de identidad, entre ellos su pasaporte.
No se sentía segura en ninguna parte. Gary Morrison no se detendría hasta que la hubiera desaparecido de sobre la faz de la tierra. ¡Ella sabía demasiado! Lo que no se había imaginado nunca era que ese hombre que se veía tan normal y tranquilo era terriblemente cruel. ¡Cuánto lamentaba haber sido tan curiosa!
Si no se hubiera dejado llevar por la curiosidad ahora su padre estuviera vivo, quizás invitándole para que compartieran una película en su casa el fin de semana, como acostumbraban a veces. Su madre había muerto de cáncer unos cinco años atrás y ella, que se había divorciado hacía varios años de un marido abusivo y bueno para nada, se había dado a la tarea de cuidar de su padre, aunque éste no era tan viejo, pero ya andaba cerca de los setenta años.
Un dolor amargo le subió por el pecho dejándola casi sin aliento, hizo un esfuerzo por concentrarse en la carretera. Antes de tomar la vía interestatal se había detenido y dado la vuelta un pàr de veces para estar segura de que no la seguían, tal como le había enseñado su padre.
Aunque estaba segura de que eran capaces de averiguar hacia dónde se dirigía, pero, por los momentos, no tenía a más nadie a quien recurrir, y casi que se alegró por ello, no quería sentirse culpable por la muerte de nadie más. Ya la de su padre adorado pesaba demasiado en su ánimo.
Miró su reloj de pulsera, eran casi las once de la noche, había tomado esta vía que no iba directo al estado de Washington pasado por Oregón que era la ruta más directa y natural, pero su padre había trazado otra ruta, por Utah y Idaho, que era la que seguiría.