La madrugada ardía entre suspiros. Ella estaba sobre mí, moviéndose con una lentitud provocadora, su melena oscura cayendo en ondas sobre mi rostro mientras su piel, cálida y suave, se deslizaba contra la mía. Su respiración me rozaba el cuello y el roce de sus labios era una condena dulce. Sus movimientos eran un hechizo; cada uno parecía reclamarme, hacerme suyo. En ese instante comprendí por qué los dioses envidian a los mortales: porque ninguno de ellos podría sentir lo que yo sentía con Alessia Konstantino, la princesa de Grecia… mi mujer. Sus pechos rozaban mi pecho, cálidos, suaves, marcando el ritmo de un vaivén que parecía eterno. Cada vez que descendía, un gemido escapaba de sus labios y ese sonido era mi perdición. La tomé de la cintura, guiando sus movimientos, sintiendo cómo

