El sillón era tan cómodo que me hundí con gran facilidad. Olivia se sentó a mí lado, con un grado de nerviosismos que tuve que tomarla de la mano y apretarse la para que disimulara un poco. Estar rodeada de ángeles en la sala era una situación incomoda, y era peor aún que sus ojos se clavaran en nosotras como si hubiésemos cometido un delito imperdonable. Los abuelos se sentaron en el sofá frente a nosotras, apegados el uno al otro pero no demasiado, ya que las alas se rosaban e impedía el contacto físico de ambos. La abuela se cruzó de piernas, tomando un aire de superioridad que me intimidaba y el abuelo, algo más relajado, nos sonreía con cierto entusiasmo como si estuviera apunto de abalanzarse sobre nosotras y así apretujarnos las mejillas. El susurro de voces iba disminuyendo, c

