Samara se había quedado en el umbral de la puerta, esperándome. Entré a la habitación. Me sorprendió lo cargada que estaba. Tenía su impronta en cada rincón. El color rosa primaba en ese amplio dormitorio. El cubrecama, las almohadas, las paredes, y alguno de los peluches que tenía, eran de ese color. Me sorprendió la cantidad de peluches que había, pero traté de disimularlo. ¿Acaso tenía doce años?
Al lado de su cama había otra cama de una sola plaza. El problema era que, si bien el espacio era muy amplio, al estar lleno de chucherías, no había tanto lugar como para que las camas estuvieran separadas. De hecho, estaban pegadas, como si juntas formaran una horrible cama de tres plazas.
—Bueno, espero que lo de mi cuarto se solucione rápido. Así no te causo molestias —dije, conciliador, pues estaba consciente de que no podía tener una actitud negativa tan pronto. Además, no estaba diciendo más que la verdad.
—La cosa es así —dijo Samara, como si no diera importancia a mis palabras—. Lo de tu cuarto va a tardar más de lo que pensás. No solo hay que vaciarlo. Tiene muchos problemas de humedad. No tiene conectado el aire acondicionado. la cañería del baño es un desastre. En fin. Con mucha suerte va a estar en condiciones en un par de semanas.
—Qué mierda —dije yo, instintivamente.
—Lo mismo digo —dijo Samara—. Así que acordamos con las chicas que vas a quedarte en el dormitorio de cada una de nosotras por turno.
—¿Qué? ¿Me voy a tener que mudar de habitación todos los días? —dije, indignado.
—No dije que todos los días. En realidad, quedamos en que íbamos a hacer turnos de dos días cada una. Entenderás que para tres chicas que no te conocen de nada, ya de por sí es difícil albergarte en un lugar tan íntimo como lo es nuestro dormitorio —explicó la adolescente pedante.
—Claro que lo entiendo. Además, yo valoro mi privacidad tanto como ustedes —remarqué—. Pero en algo estás equivocada. Dijiste que no me conocen de nada. Pero sí que me conocen. Bueno, ellas apenas de vista, pero vos... ¿No me digas que te olvidaste de los dos años que cursamos juntos? Es cierto que ya no estoy tan delgado y me operé de la miopía, pero seguro me recordarás —expliqué, con una ira contenida, ya que nuevamente los viejos recuerdos de cuando me hacían bullying acudieron a mí.
—Sí, te recuerdo. Pero que yo sepa nunca fuimos amigos —remarcó ella, dándome la espalda.
—No. Es verdad. Nunca lo fuimos —dije, con rencor.
Entre que acomodé mis cosas ya se hizo de noche. Claramente no tendría espacio para mi computadora. Ya hablaría con papá al respecto. No pensaba estar durante semanas sin ella. En ese cuarto no cabía nada más. Incluso parte de mi ropa tuvo que quedar en un bolso porque el ropero de Samara, si bien era enorme, no tenía lugar para muchas cosas más.
Después de ese corto intercambio de palabras, me sentí algo tenso durante la cena. El silencio de Abril tampoco resultaba reconfortante. Pero decidí no darle importancia. Solo era una antisocial. Ya bastante tenía con su hermana. Ella aún no me había hecho nada malo. Aurora, por su parte, no cenó con nosotros. No se me escapó el hecho de que no la nombraron en ningún momento.
La única que hacía la velada agradable era Amalia, como siempre. Me encontré dándome cuenta de que me gustaba tanto como cuando había sido mi profesora. Cualquiera pensaría que el hecho de que fuera la mujer de papá, y que además me encontraba en un ambiente algo incómodo, en lo último que pensaría sería en mi madrastra de manera lujuriosa. Pero ahí estaba, deseando llenar esa carita de ojos azules de leche. Me dije que esa actitud mía se debía únicamente a que necesitaba relajarme de alguna manera. Pero aparté la idea. Enseguida iba a tener que ir al dormitorio de Samara, y no podría desahogar mi calentura con una paja. Debía dejar de pensar en ello.
Pero eso me llevó a hacerme una pregunta: ¿Cuánto tiempo estaría sin poder masturbarme? No es que lo hiciera todos los días. Pero no recordaba estar más de una semana sin autosatisfacerme. Esa mudanza estaba teniendo efectos que no había calculado.
No estaba seguro de si esperar hasta bien tarde para ir a dormir, o subir antes de que lo hiciera Samara. No quería coincidir con ella. Durante el día encontraría qué hacer, pero de noche estaba obligado a compartir el espacio con esa víbora, así que tenía que hacer lo posible por interactuar con ella lo mínimo e indispensable. Por su actitud estaba claro que no servía de nada comportarme afablemente.
Finalmente me despedí de todos y fui al dormitorio a las diez de la noche. Qué locura, era demasiado temprano. Desde que terminé la secundaria, y convencí a papá de tomarme un año sabático, no me dormía hasta las tres de la madrugada. Pasé el tiempo con el celular, con las luces apagadas. Samara apareció cerca de la medianoche. Yo no había podido conciliar el sueño, pero cuando la oí entrar fingí que ya estaba durmiendo.
Era realmente muy incómodo estar en un lugar en el que no te soportaban. Me dije que, si me tenía que defender, no dudaría en hacerlo.
Al menos tuvo la delicadeza de no hacer ruido mientras se ponía el pijama, según creí. Pero entonces rompió el silencio con una risa. Una risa que se me antojó increíblemente odiosa. Me pareció que un celular había vibrado. Quizás recibió un mensaje. Qué carajos me importa, me dije, recriminándome, pues le estaba dando mayor atención de la que se merecía.
Entonces su voz irrumpió en la penumbra. Habló en susurros.
—No tenés idea de quién está durmiendo en mi dormitorio, boluda —dijo, aparentemente hablando con una amiga. Casi me atraganto con mi saliva al escucharla. La pendeja estaba hablando de mí. ¿Quién se creía? Sentí de nuevo la vibración del celular. La chica con la que hablaba, probablemente otra excompañera de la escuela, había picado, y ahora, de seguro le preguntaba que quién estaba en du dormitorio—. Chispita, ¿te acordás? Chispita está durmiendo al lado de mi cama.
No pudo evitar levantar la voz al decirlo. Y seguido de eso, otra odiosa carcajada.
“Me lo prometí”, me dije. “Nunca más me iba a dejar pisotear”.
No se la dejé pasar. Encendí la luz. Durante un instante me quedé sin poder decir nada, estupefacto ante su presencia. Estaba en ropa interior, parada al lado de su cama. La misma braguita blanca con pintitas rosas que había visto, acompañada por un corpiño. Sus caderas sinuosas y su piel desnuda me idiotizaron por más tiempo del aconsejable. Pero cuando vi su gesto desencajado, percatándome de que realmente la había tomado por sorpresa, espanté esa horrible lujuria que se había despertado en mi interior en cuestión de segundos.
—Me llamo Carlos —dije, serio—. Te agradecería que me llames por mi nombre.
Después apagué la luz y me dispuse a dormir. Una dulce sonrisa se dibujó en mi rostro. La había dejado sin respuesta. Pero seguido a esa pequeña sensación de victoria, siguió una tensión que ya había sentido desde el primer momento en el que entré en esa casa. Samara me iba a hacer la vida difícil, lo sabía.
Continuará...