—¡Wow! ¡Qué pena! —dijo Peyton al terminar de ponerse nuevamente el pijama luego de haberse dado una ducha rápida. Todo sucedió tan rápido para ella que no le dio tiempo a reaccionar y detenerse a pensar si lo que estaban haciendo, o por lo menos ella, estaba bien o no. Orestes y las hormonas la nublaron. A ellos les echa la culpa, porque sí, sintió la necesidad de culpar a alguien de su debilidad. Le cuesta negarse a él, y peor aún si se vale de un par de expresiones cercanas a un trato bonito, aceptable, capaz de debilitar las barreras que ella hubiera erigido entre ellos para evitar que siguiera haciéndole daño, llevar su fuerza de voluntad a la duda, a un “¿ si lo hiciera?”, “¿Y si él de verdad fuera capaz de cambiar?”, en este caso ni siquiera tuvo tiempo de plantearse alguna interro

