Los días han ido pasando y me ido adaptando al ritmo de aquí. Mis mañanas son tranquilas, recorrer el jardín, disfrutando del sol entre las flores. Por las tardes, me sumerjo en libros que me transportan a otros mundos. He empezado a notar cambios en mi cuerpo; mi vientre está abultado, y a medida que los días avanzan, siento más intensamente los movimientos de lo que crece dentro de mí. Mis caderas se han ensanchado, mis pechos son más grandes, y ya no me siento como un simple esqueleto.
El hecho de que no he visto al señor en semanas me ha hecho reflexionar. A veces me sorprendo deseando escapar o irme de aquí solo para vaya a buscarme y luego me regañe. Sin embargo, trato de comportarme como una buena chica y seguir mis días con una rutina tranquila.
Un día, mientras camino por la planta baja, llego a la puerta de Elías y veo que está entreabierta. Con curiosidad, me asomo un poco y me encuentro con una imagen inesperada: Elías está en su habitación, maquillado y con una peluca de mujer. Por un momento, me quedo boquiabierta, sin saber si debería entrar o retroceder.
Antes de que pueda decidir, tropiezo ligeramente, y el ruido que hago capta su atención. Elías, al verme, se asusta y rápidamente se quita la peluca, su rostro se llena de sorpresa y algo de pánico.
—¡Evangelina! —grita, sus ojos abiertos como platos—. Esto no es lo que parece.
La escena es tan inesperada que no puedo evitar reírme. Puede que me parezca un poco cómico.
—¿Elías? —le digo, intentando contener la risa—. No sabía que tenías... este pasatiempo.
Su cara se sonroja y me doy cuenta de que se siente vulnerable y expuesto. En lugar de alejarme, me acerco un poco más a él.
—Es solo un juego. Algo que hago de vez en cuando —explica, su voz temblorosa—. No quería que nadie lo supiera.
—No tienes que esconderte —le digo, sonriendo.
Su rostro refleja una mezcla de alivio y vergüenza.
—Nadie lo sabe, y... no quiero que te rías de mí —dice, mirándome con esos ojos llenos de inseguridad.
Casi a punto de llorar, algo se aprieta en mi interior. Elías ha sido tan bueno en estos meses conmigo, su corazón es noble y él es tan dulce ¿Por qué alguien lo lastimaría por ser como es?
—No me voy a reír. Todos tenemos nuestras cosas, Elías. A veces, necesitamos encontrar formas de ser nosotros mismos —respondo, tratando de que se sienta cómodo.
Él me observa la tensión entre nosotros se desvanece lentamente.
—Gracias por no asustarte —murmura, sonriendo con timidez—. Sé que soy un monstruo.
Mi rostro se hunde al oírlo hablar así de él mismo.
—No lo eres, todo lo contrario, eres la persona más dulce y maravillosa que he conocido en toda mi vida, que no tiene maldad ni siquiera con el hombre más cruel —musito.
Mientras lo miro, con sus manos temblorosas y la peluca todavía en la otra mano, empiezo a entender todo y el por qué Elías se ha refugiado en esta casa y por qué se siente tan vulnerable. Hay dolor en su mirada, un anhelo de ser visto y aceptado por quien realmente es. Tiendo mi mano y tomo la suya suavemente, sintiendo la conexión que se establece entre nosotros.
—Elías, —murmuro—, no tienes que esconderte.
Él me mira con una mezcla de alivio y sorpresa, como si no hubiera esperado que alguien lo entendiera de esta manera. Sonrío y le digo:
—Tengo algunos vestidos arriba que son lindos y ya no me quedan con este vientre gordo que tengo. Eres más delgado, ¡te quedarían muy bien!
Las palabras parecen encender una chispa en su mirada. Por un momento, se emociona, pero luego rápidamente niega con la cabeza, como si la idea lo asustara.
—Oh, no, no puedo... Es una locura —dice, pero su voz tiembla con la emoción.
—Elías, realmente no tienes que fingir conmigo. No tienes que ser alguien que no eres —le insisto, sintiendo que estas palabras son importantes.
Él necesita escucharlas, como nos ha escuchado a nosotros en cada momento. Finalmente, lo miro fijamente, deseando que se sienta seguro conmigo.
—O, ¿cómo te gustaría que te llame?
Su rostro se ilumina un poco, la tensión disminuye en su expresión.
—No lo sé... Podrías llamarme simplemente Eli, si quieres —responde, vacilante, pero con una pequeña sonrisa que empieza a formarse.
—Eli —repito, sintiendo que su nombre corto resuena bien en mi boca—. Me gusta.
A medida que él se relaja, empiezo a ver la carga que lleva, comienzo a comprender de lo que huía del mundo exterior, él me lo había, dicho de otra forma, todos tenemos nuestras lucha y sé que está es la de él.
—Te prometo que, si te atreves, esos vestidos te quedarán geniales —digo, guiñándole un ojo, lo que provoca una risa suave en él.
—Quizás debería probarme uno... —murmura, su voz aún dudosa, pero con un destello de emoción en sus ojos.
—No es una sugerencia, es una orden ¡Ven y elije el que más te guste! —chillo.
Subimos al cuarto, riéndonos y disfrutando del momento. La habitación se llena de perfume, polvo y maquillaje mientras Eli y yo comenzamos a probarnos ropa. Él elige un vestido ligero y colorido que apenas le llega a las rodillas, y yo lo acompaño con unos zapatos de tacón que le quedan un poco grandes, pero que aún se ven fabulosos.
Con un poco de maquillaje y perfume, la transformación de Eli es increíble. Me encanta verlo sonreír mientras juega frente al espejo, pero de repente, se detiene. Se queda mirándose, sorprendido, como si por primera vez realmente se viera.
Como si fuera la primera vez que está con su verdadero yo, parpadeo para no largar lágrimas, las hormonas y la situación no son de ayuda.
Me agacho para llegar a su altura, y con una sonrisa honesta le digo:
—Eres hermosa.
En ese instante, veo cómo una lágrima se desliza por su mejilla. La expresión de Eli cambia, y su voz suena temblorosa y quebrada cuando susurra:
—Ojalá fuera cierto —susurra— para mi padre no era más que comida para los cerdos y un desperdicio humano, un monstruo raro y deforme.
La brutalidad de sus palabras encoge mi corazón. La sonrisa en mi rostro se transforma en una mueca de tristeza, y mi corazón se siente como si hubiera sido golpeado por una ola de dolor. No puedo imaginar lo que ha tenido que soportar.
—Eli... —digo suavemente, sintiendo la necesidad de consolarlo—. No estás más con él. Esto lo que eres, una hermosa mujer a partir de ahora.
Él saca una respiración profunda, sus ojos todavía fijos en el espejo, donde la imagen que tiene frente a él parece chocar con el pasado que ha vivido.
—Siempre pensé que era un monstruo... —murmura, las palabras apenas saliendo de sus labios.
—No, tú no eres un monstruo. Eres increíble, valiente y hermosa —le aseguro, mi corazón se llena de admiración—. Este momento, aquí y ahora, es para ti. Eres libre de ser quien quieras ser.
Eli se seca las lágrimas con la parte de atrás de su mano, sus ojos se encuentran con los míos en el espejo. Se siente vulnerable, pero también hay algo en su mirada que empieza a brillar: una chispa de esperanza.
—¿De verdad crees eso? —pregunta, su voz aún temblorosa.
—Por supuesto que sí —respondo, asintiendo con firmeza—. Quiero que te veas como lo que realmente eres: una persona hermosa que merece ser feliz.
En ese momento, Eli sonríe débilmente.
—Gracias de verdad —dice, su voz un poco más fuerte mientras frena el torrente de emociones—. Él señor no se equivoco en salvarte.
Le devuelvo la sonrisa.
Con el ambiente más liviano, saca otra prenda del armario y, con una sonrisa, trata de lucir un look más atrevido, jugamos hasta que la noche y el sueño nos alcanza por completo.
A la mañana siguiente, me despierto con una sensación de emoción y expectativa que no había sentido en mucho tiempo. Cuando salgo de la habitación, la luz del sol ilumina el pasillo, y me encuentro con Eli al final, quien me recibe con una sonrisa enorme, radiante, como si algo dentro de él hubiese cambiado por completo.
Hoy, ya no es más Elías, sino Eli. Lleva una peluca negra que brilla a la luz, y un lindo vestido n***o que resalta su figura esbelta. Su rostro está perfectamente maquillado, y se ve tan impresionante que me quedo sin palabras por un momento.
Se ve más hermosa así.
—¡Buenos días! —dice con entusiasmo.
Se ve muy alegre.
—Buenos días, Eli —le respondo, sintiendo que su energía es contagiosa.
Mientras nos miramos, me encuentro queriendo preguntarle algo que me ha estado rondando la mente. Aunque es incómodo, es importante saber.
—Eli, ¿qué pasa con el señor? —pregunto cuidadosamente—. Sabes, el que... bueno, ahora trabajará Eli para nosotros.
La sonrisa de Eli se desvanece por un segundo, y puedo ver un destello de preocupación en sus ojos. Pero, al final, toma una respiración profunda y responde:
—El señor siempre lo supo —dice con seguridad—. No hay secretos con él.
Mis cejas se levantan, sorprendida por la respuesta. No esperaba que él estuviera al tanto de esta parte tan íntima de la vida de Eli. Sonriendo con alegría, le digo:
—A partir de ahora, serás Eli, y Elías no volverá a parecer... ¡es una orden!
Eli asiente, su mirada brilla con un nuevo brillo que no había visto antes. Hay una mezcla de emoción y determinación en su expresión que me hace sentir orgullosa de él.
—¡Claro! —murmura, afinando la voz y sonando más femenina—. Le preparé el desayuno, bajé al comedor.
Esa afirmación me hace sonreír aún más. No quiero imaginar lo feliz que debe de estar.
—Estoy en camino.
Bajo las escaleras y entro al comedor, donde el aroma del desayuno recién hecho me envuelve. En la mesa hay una deliciosa variedad de platos: pan crujientes, frutas frescas y un par de tazas de té humeante.
Eli me espera, me sonríe de oreja a oreja, y esa sonrisa ilumina toda la habitación.
—Espero que te guste —dice, una mezcla de nervios y emoción en su voz—. Quería hacer algo especial.
—Se ve increíble, Eli —respondo, sentándome frente a él—. Gracias.
Mientras estoy sentada disfrutando de mi desayuno, la puerta se abre de golpe y me sobresalto. No me esperaba gente a la casa, quedo boquiabierta, es la primera vez que lo veo a está hora de la mañana, con luz y no hundidos en una oscuridad.
Él pasa junto a mí con un porte elegante, vistiendo un traje de color n***o, perfectamente ajustado a su figura y con detalles en terciopelo que reflejan la luz, lleva un sombrero ancho y en su mano sostiene un bastón con una empuñadura de plata brillante. La máscara negra que cubre la mitad de su rostro sigue ahí, dándole un aire enigmático, casi intimidante, mientras se desplaza con gracia.
¿Siempre lo lleva? ¿Por qué?
Al pasar, noto que gira la cabeza y observa a Eli por un momento, como si evaluara su apariencia, antes de continuar su camino sin hacer una pausa.
—¡Buenos días, señor! —grito, tratando de romper el silencio y la tensión en el aire.
Él se detiene brevemente, antes de desaparecer por los pasillos. Puedo escuchar su voz profunda y controlada mientras responde:
—Buenos días, señora Montclair.
Su tono es duro y el eco de sus palabras retumba en la habitación. Mi corazón late un poco más rápido mientras lo miro alejarse. La situación es extraña, no existía este tipo de interacción entre nosotros.
Cuando la puerta se cierra detrás de él, respiro hondo y vuelvo mi atención a Eli, quien me observa con una expresión expectante. Una mezcla de nerviosismo y emoción llena el aire. Es la primera vez que lo veo en la mañana, y no puedo evitar sentirme confundida por la repentina interrupción.
—Creí que todos éramos prisioneros en esta casa —murmuro, aún procesando lo que acaba de suceder.
Eli asiente, su expresión es seria, pero asiente con la cabeza sabiendo a lo que me refiero.
—El señor se va a la capital por temas de trabajo —explica—. Puede tardar días allá y luego regresa.
—Ah —suspiro—Ah —suspiro, procesando la información—. ¿Suele irse muy a menudo?
Eli asiente, su expresión se vuelve un poco más seria.
—Depende del trabajo. A veces, puede estar ausente durante semanas, especialmente si necesita reunirse con personas influyentes en la capital.
Mi curiosidad aumenta y decido indagar más.
—¿Y en qué trabaja exactamente?
Eli toma un momento para considerar su respuesta, eligiendo cuidadosamente sus palabras.
—El señor se dedica a la negociación de contratos y acuerdos que involucran grandes sumas de dinero y propiedades. Se codea con la alta sociedad: con condes, políticos y miembros de la burguesía que buscan expandir sus riquezas y poder. Su trabajo le brinda una influencia considerable en los asuntos de la ciudad y más allá. Es alguien a quien muchos respetan... y temen.
Me sorprende al oír eso, por la casa podía sospechar que tenía mucho dinero, sin embargo, también tiene poder. Aprieto los labios en una mueca.
—¿Y por qué siempre lleva esa máscara?
—Eso, señora, solo lo puede responder él. Lo cierto es que nunca se la quita. Para el señor, la máscara es su rostro.
Sus palabras me hacen sentir una mezcla de fascinación y ansiedad. ¿Qué tipo de hombre se esconde detrás de esa máscara siempre presente? Podría ser un rostro lleno de cicatrices... o podía ser tan feo que espanta a todos.
—¿Es posible que lo haga por alguna razón personal? ¿Quizás por su propia fealdad... o algún trauma?
Eli me observa, sus ojos reflejan una comprensión que apenas puedo alcanzar, no responde y entiendo que la charla se termina aquí, desayuno en silencio preguntándome que realmente esconde ese hombre. Miro a Eli.
—¿Hay posibilidad que está noche, cene conmigo? —le pregunto y saco de mi pequeño corset, una carta—. Dásela por favor.
—Lo siento, señora. Pero está noche el señor tiene otros planes —sonríe levemente apretando la carta— pero quédese tranquila, esto le llegará.
La luz del sol entra por las ventanas, iluminando la habitación, pero mis pensamientos son oscuros y pesados. Veo alejarse a Eli y me pregunto si alguna vez conoceré a ese hombre detrás de la máscara, o si seré esto para él, un objeto más en esta casa.