El eco de mis propios pasos sobre el suelo de mármol de la entrada de la residencia de los Harrison siempre me había resultado intimidante, pero esa noche, el sonido parecía anunciar un naufragio. Londres estaba sumergida en una de esas lluvias finas y persistentes que calan hasta los huesos, y aunque llevaba un abrigo de lana que me encantaba, me sentía desnuda bajo la iluminación del vestíbulo.
Oliver me apretó la mano antes de que el mayordomo tomará nuestros abrigos. Sus dedos estaban fríos, una señal que en aquel entonces decidí ignorar, atribuyéndole al clima y no a la cobardía que ya empezaba a crecer en su pecho.
—Estás hermosa, Mila —susurró, pero no me miró a los ojos. Miró mi reflejo en el espejo del pasillo, como si buscara confirmar que mi presencia no desentonaba demasiado con el entorno.
Yo le sonreí, forzando una seguridad que se desmoronaba por las costuras.
Llevaba un vestido de seda verde bosque que abrazaba mis curvas con orgullo, o al menos eso me había dicho mi mejor amiga, Zoe, antes de salir de casa.
"Eres una diosa, Mila.
No dejes que esos estirados te hagan sentir que tienes que pedir permiso para respirar", me había recordado mientras me ayudaba con el cierre.
Pero en la casa de los Harrison, el aire siempre parecía racionado.
Caminamos hacia el comedor formal.
El aroma a jazmín y cera para madera inundaba el ambiente.
Victoria ya estaba sentada en la cabecera. Su cabello rubio estaba perfectamente recogido, ni un solo mechón fuera de lugar, ni una sola emoción asomando por sus ojos de acero.
A su lado, Harrison revisaba unos documentos en su tablet, que dejó de lado con una lentitud calculada en cuanto entramos.
—Llegan tres minutos tarde —sentenció Victoria, extendiendo su mano para que Oliver le diera un beso en la mejilla.
A mí me dedicó una inclinación de cabeza tan leve que casi fue imperceptible—. Siéntense. La cena se sirve ahora.
Nos acomodamos .
El silencio se instaló de inmediato, roto solo por el tintineo de la plata cuando el servicio comenzó a servir el primer plato.
—Y bien, Mila —comenzó Harrison, fijando su vista en mí mientras sostenía su copa de vino con una elegancia que me hizo sentir repentinamente torpe—.
Oliver nos comentó que tu editorial está pasando por una fase de... "reestructuración".
Supongo que eso es un eufemismo moderno para decir que el negocio de los libros impresos está muriendo, ¿no es así?
—En absoluto —respondí, intentando mantener la voz firme—. Estamos apostando por ediciones de coleccionista.
El objeto físico tiene un valor que lo digital no puede reemplazar. El tacto, el peso del papel...
Victoria dejó caer su cuchara.
El sonido contra la porcelana fue como un disparo en la habitación.
—El peso —repitió ella, saboreando la palabra con una malicia que me erizó la piel—.
Parece que esa es tu obsesión, ¿verdad, querida?
Todo lo que tenga "volumen".
Miró significativamente mis brazos, luego la forma en que el vestido de seda se ajustaba a mis caderas.
La humillación comenzó a subir por mi cuello como una marea caliente.
Miré a Oliver, esperando que soltara una risotada, que hiciera un comentario sarcástico, que me defendiera.
Pero Oliver solo tomó un sorbo de agua, manteniendo la vista fija en el centro de mesa de hortensias blancas.
—Madre, por favor —murmuró él, pero su voz no tenía filo.
Era una súplica, no una orden.
—Solo digo lo que es evidente, Oliver —continuó Victoria, reclinándose en su silla y entrelazando sus dedos largos y finos—.
En esta familia valoramos la disciplina. La forma en que uno se presenta al mundo dice mucho sobre su capacidad de autocontrol.
Y me preocupa... me preocupa sinceramente que tu futura esposa no parece comprender que ocupa demasiado espacio en esta mesa.
Tanto física como metafóricamente.
El corazón me dio un vuelco violento.
El nudo en mi garganta se volvió tan denso que el aire dejó de pasar.
No era la primera vez que soltaba dardos venenosos, pero esta noche, frente al silencio sepulcral de Harrison y la pasividad de Oliver, el veneno se sentía letal.
—¿Perdón? —logré articular, aunque mi voz sonó pequeña, una versión de mí misma que odié al instante.
Victoria me dedicó una sonrisa gélida, la clase de sonrisa que un depredador le da a su presa antes de terminar el trabajo.
—Lo que intento decir, Mila, es que no encajas en el marco de esta familia.
Y me pregunto si Oliver realmente está dispuesto a cargar con ese... peso extra por el resto de su vida.