La paz que había encontrado en Bath era una estructura delicada, una especie de andamio emocional que yo misma había levantado con cuidado, tabla por tabla.
Durante las últimas semanas, mi rutina se había convertido en mi mejor refugio.
Me levantaba con el sol, caminaba hasta St. Jude, discutía con Dante sobre materiales y soluciones, y terminaba el día compartiendo risas con Elara y los demás.
Había algo profundamente sanador en la sencillez de una vida donde las expectativas no eran una moneda de cambio.
Sin embargo, el pasado rara vez se rinde sin dar una última batalla.
Esa mañana, mientras revisaba unos antiguos registros de propiedad en la pequeña oficina improvisada que teníamos en la obra, mi teléfono —que ahora solía descansar en silencio dentro de mi bolso— vibró con una insistencia que me resultó familiar y desagradable.
No era una llamada, sino una notificación de un correo electrónico personal.
El remitente no era Oliver.
Era Victoria Harrison.
Me quedé mirando la pantalla, sintiendo cómo el aire se volvía pesado en mis pulmones.
El nombre escrito en la bandeja de entrada parecía una mancha de tinta negra sobre un papel limpio.
Dudé varios minutos.
Una parte de mí quería borrarlo sin leerlo, lanzarlo al vacío digital donde descansaban el resto de mis pesadillas de Londres.
Pero otra parte, esa vieja inercia de responsabilidad y miedo, me obligó a abrirlo.
"Mila, espero que tu 'retiro' en el campo esté dándote la perspectiva que necesitabas.
Te escribo porque han surgido asuntos legales pendientes relacionados con el apartamento del Soho.
Hay documentos que firmaste como aval de Oliver que requieren tu atención inmediata para evitar complicaciones financieras que, estoy segura, no querrías enfrentar sola.
He enviado a nuestro representante legal a Bath para agilizar el proceso.
Estará allí mañana por la mañana.
No seas difícil, Mila.
Esto es por tu propio bien."
Un escalofrío me recorrió la columna.
No era el frío de la humedad de la biblioteca, sino el frío de la manipulación.
"Por tu propio bien".
Esa frase había sido el mantra de los Harrison durante años, la excusa perfecta para invadir mi espacio y decidir por mí.
La mención de asuntos legales era, claramente, un anzuelo, una forma de recordarme que sus hilos todavía podían alcanzarme, sin importar cuántos kilómetros pusiera de distancia.
Cerré el teléfono de golpe y lo dejé sobre la mesa, como si quemara.
Me levanté y caminé hacia la ventana que daba al patio principal.
Allí abajo, Dante estaba revisando la mezcla de mortero con uno de los operarios.
Se reía de algo, con esa soltura que tanto me gustaba, ajeno al terremoto que acababa de ocurrir en mi mente.
Lo miré y, por un segundo, sentí una punzada de culpa.
¿Qué hacía yo aquí, pretendiendo ser una mujer libre y nueva, si todavía arrastraba las cadenas de una familia que me trataba como a un trámite mal gestionado?
La idea de que un abogado de los Harrison apareciera en la obra, rompiendo la burbuja de respeto y profesionalidad que había construido con Dante, me resultaba insoportable.
—¿Mila? ¿Estás bien?
La voz de Dante me sacó de mis pensamientos.
Estaba en el umbral de la oficina, observándome con el ceño ligeramente fruncido.
Tenía esa capacidad casi molesta de notar cuando mi energía cambiaba de frecuencia.
—Sí, estoy bien —respondí demasiado rápido, forzando una sonrisa que no llegó a mis ojos—. Solo... un poco cansada.
El polvo de hoy está especialmente denso.
Él entró en la habitación, pero no se acercó demasiado, respetando ese espacio que yo todavía defendía con uñas y dientes.
Se apoyó en el marco de la puerta, cruzando los brazos sobre su pecho.
—No eres buena mintiendo, Torres —dijo con suavidad—.
Tienes esa mirada que pones cuando estás intentando calcular cuánto peso puede aguantar una estructura antes de venirse abajo.
¿Qué ha pasado? ¿Algún problema con los archivos?
Me mordí el labio.
Quería contárselo.
Quería decirle que el mundo que él tanto despreciaba, el mundo de las apariencias, estaba intentando colarse por las grietas de mi nueva vida.
Pero el miedo a su juicio, a que me viera como alguien que todavía no ha logrado soltarse del todo, me mantuvo callada.
—Es solo trabajo administrativo de Londres —dije, tratando de quitarle importancia—.
Cosas que dejé pendientes y que ahora regresan para molestar un poco.
Nada de lo que debas preocuparte.
Dante se quedó mirándome un momento más, evaluando mi respuesta.
Sabía que no me creía del todo, pero tuvo la elegancia de no presionar.
—Está bien.
Pero recuerda lo que hablamos el otro día en el pub: a veces, para que una restauración funcione, hay que sacar los escombros viejos antes de poner la piedra nueva.
Si necesitas ayuda con esos "escombros", aquí estoy.
Asentí, agradecida por su discreción.
Él se dio la vuelta y volvió a la obra, pero la sombra de la amenaza de Victoria Harrison se quedó conmigo, llenando la oficina de una tensión invisible.
Pasé el resto de la tarde en un estado de alerta constante.
Cada vez que alguien se acercaba a la entrada de St. Jude, mi pulso se aceleraba.
Imaginaba a un hombre de traje gris, con un maletín lleno de papeles diseñados para recordarme mi supuesta pequeñez, caminando entre los andamios.
Me sentía como una impostora.
Al finalizar el día, Elara me propuso ir a cenar, pero rechacé la oferta.
Necesitaba estar sola.
Necesitaba pensar cómo iba a enfrentar al enviado de los Harrison sin perder la compostura, sin volver a ser esa Mila que pedía disculpas por respirar.
Mientras caminaba de regreso a mi apartamento, las calles de Bath, que antes me parecían acogedoras, ahora se sentían llenas de rincones donde alguien podía estar esperándome.
La carta de Victoria no era solo un asunto legal; era un recordatorio de que ellos no aceptaban un "no" por respuesta.
Para ellos, yo seguía siendo una pieza en su tablero, y el hecho de que me hubiera movido por mi cuenta era una falta de cortesía que pensaban corregir.
Llegué a casa, cerré la puerta con doble llave y me senté en la oscuridad del salón.
No encendí las luces.
Me quedé mirando el teléfono, esperando un mensaje que confirmara la hora de la llegada del abogado.
Mi paz, estaba sufriendo su primera prueba de carga real.
Y lo peor de todo no era la amenaza financiera; era el miedo a que, al ver de nuevo a alguien de ese mundo, la versión de Mila que tanto odiaba volviera a tomar el control.