Y se dio cuenta de que la idea de la separación estaba latente en la mente de ambos y acabó entristeciéndose. Se sentó en sus muslos, con la cabeza contra su pecho y sus brillantes piernas de marfil muy separadas. El fuego les iluminaba desigualmente. Sentado y con la cabeza baja, observaba él los pliegues de su cuerpo al resplandor de la hoguera y el vellón de suave pelo castaño que pendía puntiagudo entre los muslos abiertos. Extendió el brazo hasta la mesa que estaba detrás y cogió el ramo de flores, tan húmedo aún que algunas gotas de lluvia cayeron sobre ella. —Las flores se quedan fuera haga el tiempo que haga —dijo él—. No tienen casa. —¡Ni siquiera una choza! —murmuró ella. Con dedos tranquilos prendió algunos nomeolvides del suave vello de su monte de Venus. —¡Eso es! —dijo é

