—¡Ey!, ¡Mírame! —pidió el rubio, al calmarse un poco; Fabiana no dejaba de llorar en sus brazos—. Vamos a respirar, ¿Sí?. —La alejó un poco e hizo un par de respiraciones profundas, las cuales ella imitó. —¿Tú qué haces acá?, ¿Cómo supiste dónde encontrarme? —indagó la pobre chica, apenas pudo hablar. —Por Deisy... Ella me llamó y me pidió que fuera a la hora de la salida. Cuando llegué, estaba con Samantha y me contaron que estabas aquí. Prácticamente la obligué a traerme... Tu amiga me estaba buscando desde anoche, pero yo había tomado un par de mudas de ropa y me fui a un hotel; en medio de mi rabia apagué el celular. Hasta esta mañana fue que pude enterarme de que no aparecías... Casi me muero, mi niña. —Acunó sus mejillas—. Júrame que no volverás a hacer una locura semejante —suplic

