II

790 Words
Gustavo desvió la mirada y el otro hombre comenzó su exposición. Decidió que lo mejor era concentrarse en la charla y mientras seguía la presentación, no pudo dejar de pensar en la voz de Arturo: tenía un tono jovial, seguro, con buen ritmo. Casi parecía entretenido hablar de auditorías e impuestos. Frunció el ceño y tomó su pluma. Era como si su voz acelerara sus pensamientos. Sin dejar de atender la exposición, hacía pequeñas anotaciones al lado de la información. - Bien. Hagamos una pausa, ¿de acuerdo? - dijo Arturo a eso de las diez y un murmullo de aprobación llenó el salón - Tomemos quince minutos y continuamos - Casi de inmediato, todos se pusieron de pie y comenzaron a hablar entre ellos. Olive le dijo algunas palabras y en cuanto le fue posible, salió del salón. Necesitaba estirar las piernas y tomar algo de aire. Cuando volvió al salón algunos conversaban en grupos, pero siguió hasta su sitio. Al otro extremo, Arturo había tomado asiento y miraba algo en su teléfono. Debía ser algo muy agradable, pues sonreía y Gustavo no pudo evitar preguntarse de qué se trataba. Probablemente se sintió observado, porque alzó la mirada. Gustavo se sintió sumamente avergonzado y tomó asiento rápidamente. ¿Por qué demonios se portaba así? El resto de la mañana continuó de la misma manera: Arturo exponía los detalles de la auditoría y él hacía anotaciones. Luego del almuerzo, una de las mujeres del equipo se encargó de la presentación y Arturo volvió a su lugar frente a él. La mirada de Gustavo se movía entre la presentación y el perfil de Arturo y aunque él también parecía atento a la exposición, ocasionalmente Gustavo sentía su mirada. Finalmente, a eso de las cinco dieron por terminada la jornada y todos se apresuraron a retirarse. Gustavo tomó su carpeta y luego de un titubeo, rodeó la mesa hasta donde se encontraba Arturo, que revisaba unos documentos. - Humm… Mr. Lloyd - se aclaró la garganta, sintiéndose como un tonto. - Arturo, por favor - dijo volteándose. Al ver quien se encontraba frente a él, algo de sorpresa asomó en su rostro y sus ojos café lo miraron con fijeza. Sin embargo, rápidamente se rehízo y dijo con tono claro: - Creo que no nos han presentado - - Gustavo Briceño - dijo con voz grave y le tendió la mano. Arturo sonrió y estrechó su mano, apenas un gesto rápido. - Yo… bien… Tenía algunas observaciones… consultas, más bien… - Sí, noté que hizo algunas anotaciones - asintió con tono ligero. - Sí, bueno… ¿tendrá unos minutos? - volvió a aclararse la garganta. - Por supuesto - le indicó una silla y él tomó la que se encontraba a su lado. - Bien, asumo que el propósito de todo esto es que luego se haga una auditoría en cada sucursal - su tono se volvió más calmo - pero nosotros tenemos una situación particular - Arturo asintió, pero no dijo nada y Gustavo continuó: - En estos momentos se está discutiendo un proyecto de ley que nos obligaría a hacer cambios en la subsidiaria - Mientras Gustavo le explicaba sus consideraciones, Arturo lo observó. Era un hombre de contextura gruesa, aunque no era obeso y su altura le ayudaba a disimularlo. El rostro redondo, de ojos pequeños y oscuros; una barba también oscura, bien cuidada y recortada. Probablemente era de esos hombres que si se rasuraba, a las pocas horas ya tenía una sombra. El cabello era n***o, con suaves ondas alrededor de la oreja. Ahora que se había sobrepuesto a su nerviosismo inicial, su voz era profunda, pero cálida. - Arturo - una voz desde la entrada les interrumpió - Tenemos que desocupar el salón - Era una de las asistentes. - ¡Oh! Bien, de acuerdo - miró su reloj y se volvió a Gustavo. - Lo siento - dijo el hombre rápidamente - No quise entretenerlo - - Está bien. Me interesa mucho este tema - hizo una pausa y miró de nuevo su reloj - Tenía pensado abordar las particularidades de cada oficina en la sesión de mañana, pero creo que esto es más complejo… ¿Le importaría sin continuamos? - - ¡Oh! Bueno… - Ha sido un día largo, lo entiendo. Tal vez quiera refrescarse. ¿Le parece si lo vemos en la cena? ¿A las siete está bien? - - Ehhhh… sí… sí, claro - - Perfecto - Arturo sonrió - Entonces nos vemos a las siete en el bar del hotel y luego podemos pasar al restaurante - - Humm… Sí, bien. A las siete - Gustavo tomó su carpeta y luego de una leve inclinación de cabeza, salió del salón.
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