Maldita sea Pude ver cómo se movía la boca de Camilla, pero no pude entender exactamente lo que estaba diciendo o, mejor dicho, no me interesaba lo que estaba diciendo en ese momento. Todo lo que podía pensar era en ella, Andrea. La audacia que tenía para pararse frente a mí de esa manera y desafiarme de lleno. No tenía idea de si debería estar enojada o impresionada por cómo se había comportado. La seguí con la mirada hasta que salió del bar. Estaba viendo una nueva faceta de ella y recordé nuestra conversación anterior. Una sonrisa se dibujó en mi rostro mientras pensaba en ello. —¿Qué es tan gracioso? —escuché decir a Camilla—. ¿Me estás prestando atención? Sus dedos chasquearon en mi cara y me devolvieron a la realidad. —¿Qué pasa? —le espeté como respuesta. Ella se quedó desconc

