Cada movimiento suyo le resultaba fascinante: cómo vertía el café en la taza, cómo acomodaba los ingredientes, cómo parecía centrarse únicamente en que él estuviera cómodo y bien atendido. Era un acto sin pretensiones, y sin embargo, para él, era revelador, casi doloroso en su honestidad. Evanya no notaba la intensidad de su mirada. Solo actuaba desde la bondad y la preocupación, buscando que él se sintiera mejor. Azran permaneció sentado, observándola, sintiendo cómo ese contacto humano, tan distinto a lo que conocía, lo hacía cuestionarse todo lo que había creído necesario hasta entonces. Se apoyó ligeramente en la barra y con las manos entrelazadas, se permitió, por primera vez en mucho tiempo, un momento de paz, silenciosa, sin máscaras. Mientras Evanya continuaba moviéndose por la c

