El primer golpe fue seco, brutal. El sonido de la madera contra su carne se oyó más fuerte que el grito que le siguió. El brazo derecho de Renzo se torció hacia un ángulo antinatural, y la sangre brotó a chorros entre las púas. —¡AAAAAAAAAAAAH! —chilló como un animal atrapado, con los ojos llenos de lágrimas, escupiendo saliva—. ¡Dios, por favor! ¡Por favor! —¿Te duele? —preguntó Caelan con falsa compasión—. Qué lástima. Ella también tenía miedo. ¿Sabes? Temblaba… aunque no tanto como tú ahora. —¡No lo volveré a hacer! ¡Jamás! ¡Se lo juro! ¡Le pediré perdón! ¡Nunca más! —Es tarde —respondió Caelan, girando el bate en sus manos como si pensara golpear de nuevo—. Porque ya lo hiciste. Renzo se agitó, frenético, intentando zafarse, llorando como un niño. Su traje, de diseñador barato, es

