Evanya no era así. Lo miró una vez más, como si necesitara recordarlo, como si esa imagen —él de pie, en la penumbra, mirándola como si supiera todos sus secretos— fuera a quedarse pegada a su piel por mucho tiempo. Mordió su labio inferior con fuerza. Pantera la vio hacerlo y no lo soportó. En un movimiento rápido, lo liberó de sus propios dientes con los suyos. La besó otra vez. No por ternura. No por deseo desmedido. Sino por derecho. Un beso posesivo, mordaz, como si dijera “esto es mío” sin decirlo en voz alta. Y luego, con los labios aún rozando los de ella, le ordenó: —Vete. Evanya no respondió. Giró sobre sus pies, con el corazón a mil, como si hubiera corrido una maratón, como si su cuerpo entero temblara por algo que no podía comprender del todo. Abrió la puerta con mano te

