No dijeron nada. Pero los cuerpos hablaron por ellos. Ambos yacían sobre las sábanas revueltas, envueltos en una respiración entrecortada, como si el mundo se hubiera detenido dentro de esa habitación por un instante que ninguno quiso romper. El cuerpo de Jenna aún vibraba por los espasmos del placer, su pecho subiendo y bajando de forma errática, sus muslos temblando todavía, con la piel enrojecida, sintiendo los restos del orgasmo. Caelan, junto a ella, exhalaba con pesadez, tenía el rostro vuelto hacia el techo, los dedos aún enredados en las sábanas que destrozaron con su frenesí. Un par de minutos pasaron en ese silencio denso, húmedo de sudor y deseo satisfecho, antes de que Jenna se incorporara. Con movimientos tranquilos, sintiendo como su cuerpo dolía, se deslizó fuera de la

