Evanya no lo vio venir. La primera caricia de su lengua fue como un rayo. Su cuerpo se curvó sin poder evitarlo, sintiendo como si todo su sistema nervioso se hubiese encendido de golpe. No hubo advertencia, ni piedad. Solo calor, humedad y un placer tan abrumador que la dejó sin aire. La lengua de Pantera se deslizó entre sus pliegues con la maldita perfección de un amante que sabía lo que hacía. Lo hacía lento, rítmico, saboreándola como si tuviera toda la noche. Como si su única misión fuera arrancarle cada gemido, cada temblor, cada rendición. La lengua la recorría con reverencia, pero con poder. Lamía su clítoris, luego se detenía para besarla justo ahí, para succionarla con intensidad, para arrastrarla al borde con su lengua y con sus manos abiertas sujetándola por las caderas, imp

