Ella lo sentía todo. La presión, la humedad, el calor. Su piel temblaba bajo él, su cuerpo lo aceptaba y lo apretaba como si hubiese sido hecho solo para ella. El sonido húmedo de sus cuerpos encontrándose llenaba la habitación, mezclado con los jadeos, los besos, los murmullos rotos de placer. Evanya jadeaba. Estaba tan mojada que él resbalaba con facilidad, entrando hasta el fondo, llenándola, haciéndola gritar por dentro. Cada embestida era una descarga eléctrica que se expandía por su espina dorsal. Sentía su sexo vibrar, apretar, desbordarse. Y cuando él comenzó a besar de nuevo sus pechos mientras la seguía penetrando, ella se quebró. —Pantera… yo… no puedo más… —Sí puedes —gruñó él, su lengua caliente rodeando su pezón—. Dámelo, cielo… dámelo otra vez… córrete para mí. Y ella

