«¿Y a mí qué me importa?», se dijo enseguida con dureza, como si necesitara callar esa voz interna con un empujón mental. Volvió a tomar la taza y la llevó de regreso a la cocina sin decir nada. Cuando regresó, Lizzette ya se estaba acomodada en su escritorio frente al de ella. El jefe no estaba pero ellas aún tenían trabajo que hacer. —Reprograma todo lo que tenga agendado para hoy —dijo con su tono firme de siempre, mientras revisaba su celular—. Juntas, almuerzo, llamadas. Todo. Evanya asintió. No discutió. Sabía exactamente qué hacer. Al volver a su escritorio, soltó un leve suspiro al recordar que a las ocho estaba programada la cena con el señor König. No se le escapó un pensamiento fugaz: al menos, no pasaría todo el día con los nervios clavados en la garganta sabiendo que tendr

