Pantera había cumplido con cada uno de los deseos que Evanya se había atrevido a pronunciar. Y con algunos que ni siquiera había tenido el valor de poner en palabras, pero que él supo leer en el brillo de sus ojos, en el temblor de su voz, en el modo en que su respiración se entrecortaba cada vez que un nuevo juguete s****l aparecía en sus manos. Esa noche no tuvo compasión. Hubo momentos en que Evanya creyó que no podría seguir, que su cuerpo no soportaría más, y aun así, entre jadeos, terminó pidiéndole algo más, uno más de esos objetos misteriosos que descansaban en los estantes y cajones de esa habitación cargada de promesas. Pantera no le negó nada. La guio, la sostuvo, la llevó a un territorio donde el placer y el dolor se mezclaban de forma perfecta, como un vino oscuro que embriag

