Muchas veces más pensé en ella. Pero las semanas pasaban, lentas, exasperantes. Cada mañana, me paraba frente a mis vastas tierras, el azul frío de mis ojos escudriñando el horizonte, y sentía esa inquietud persistente que solo los hombres solitarios y poderosos conocen. No era aburrimiento; era el eco de un vacío que se negaba a llenarse.
De pronto, como un relámpago en la bruma de mi mente, tuve una idea. Un capricho extravagante, sí, muy propio de mí, pero necesario, imperioso. Necesitaba matar el tiempo muerto, romper con el silencio que me rodeaba como una segunda piel, pesado y opresivo. Construiría una pista de carreras. Una larga y serpenteante cinta de asfalto, un desafío al borde de mi hacienda. La llenaría con el rugido violento de motores restaurados, con el olor acre a caucho quemado y la velocidad liberadora. Un pequeño paraíso salvaje y ruidoso en medio de la calma ancestral inglesa, un contraste tan marcado como mi propia personalidad.
Esta casa, la mansión de mis ancestros, que al principio me pareció solo un mausoleo imponente con una historia ajena, cada día me conquistaba más. Se estaba convirtiendo en mi refugio, en mi campo de batalla. Y aunque no había dejado de trabajar a distancia para el imperio multimillonario que heredé —los tratos seguían cerrándose con un clic de mi ratón y un email—, algo en mi interior se sentía más tranquilo. Más… centrado. Menos a la deriva.
Los autos de colección, joyas de ingeniería y diseño, ya estaban alineados en los garajes, esperando ser pintados con colores audaces. Las motos rugían en las pruebas, bestias domadas pero fieles a su dueño, vibrando con una energía que yo entendía. Necesitaba un nuevo mecánico, alguien hábil, un artesano para mantener en forma a mis juguetes de velocidad, y eso significaba volver al pueblo.
Y ya que iría, aprovecharía la oportunidad, la perfecta, exquisita excusa, de buscarla a ella. A la mujer del piano. A la que, de alguna manera inexplicable, podía devolverle el alma a ese instrumento antiguo que tanto significó para mi tío, un hombre al que yo había admirado más allá de las palabras. El piano, con sus dos teclas rotas como heridas abiertas, parecía susurrarme cada noche que merecía ser tocado otra vez, que pedía sanación, una resurrección musical. No era solo el piano; era el principio de una obsesión.
Hasta me sorprendí a mí mismo pensando que tal vez tomaría clases de piano. Yo, el hombre de negocios implacable, el coleccionista de arte y máquinas, ¿aprender a tocar un instrumento? Era una distracción, sí. Un acto íntimo, casi poético, para llenar el eco de aquella casa demasiado grande, demasiado silenciosa.
Tomé la pequeña tablita de madera que había encontrado bajo el piano de cola, aquella que tenía tallado el nombre de Don David Winston, el restaurador. Me la metí al bolsillo interior de mi chaqueta, un talismán, un cebo. Subí a mi auto, un Range Rover n***o pulcro, y encendí el motor.
Tenía dos objetivos claros esa tarde: encontrar un buen mecánico… y conocer, por fin, a Samira Aldridge.
Por el piano.
Aquel maldito piano viejo seguía mirándome desde el salón como si respirara, como si guardara secretos ancestrales entre sus teclas y sus cuerdas. Y yo sabía, con la certeza de un depredador, que solo una persona podía devolverle el alma, la mía y la del instrumento: ella.
Volví a sacar la tablita del bolsillo, aquella tarjeta de madera con el nombre del restaurador. Miré la pequeña placa de madera que estuvo clavada en la madera del piano: "David Winston – Restaurador". Era hora de hablar con la nieta del hombre que había tocado por última vez aquel instrumento con tal maestría.
Subí al auto de nuevo y conduje directo a la comisaría del pueblo. La excusa era perfecta. Una búsqueda inocente, un pretexto tan pulcro como mi camisa.
—Buenas tardes —dije al oficial de guardia, un hombre robusto con el uniforme impoluto.
—Buenas tardes, señor. ¿En qué podemos ayudarle?
—Estoy buscando a alguien. Una señorita… Samira Aldridge. Me han dado referencias de que su abuelo era un excelente restaurador de pianos y necesito sus servicios. También un mecánico.
El oficial me miró, primero con curiosidad, luego con una sonrisa afable.
—¿Samira Aldridge? Claro, señor. A esta hora la consigue en la biblioteca de la señora Nelly. Es su segundo trabajo. —Miró el reloj de la pared—. Después de las seis, suele estar allí. Y un mecánico solo hay uno el joven Salomón.
—¿Y hasta qué hora se queda la mujer? —pregunté, mirando mi reloj, también me urgía el mecánico.
—Hasta las nueve, a veces un poco más, si hay mucho que ordenar. Si quiere verla, vaya ahora. En la misma esquina encuentra a Salomón.
Yo no necesitaba más. La información era tan sencilla, tan pública, que casi me ofendía. ¿Cómo un diamante así podía estar tan al descubierto? Y yo no lo había visto.
El encuentro con la tal Samira
A las 8:40 estaba frente a la puerta de la biblioteca. Las luces estaban apagadas, una penumbra envolviendo el lugar, pero la puerta… entreabierta. Una invitación.
—¿Hola? —llamé con voz firme, la pregunta resonando en el silencio lleno de estantes.
Nada. Solo el susurro de la lluvia fuera.
Entré. El aire olía a papel antiguo, a la sabiduría de los libros viejos, a madera húmeda por la lluvia y a cera de pulir, una mezcla embriagadora.
Seguí el murmullo de voces femeninas que venían del fondo, mezcladas con el tintineo de algo. Tres chicas limpiaban en silencio, sus movimientos pausados.
Y entonces… la vi. La chica salvaje.
De espaldas, inclinada sobre un escritorio, limpiando con esmero, con el cabello azabache recogido en un moño desordenado del que se escapaban mechones rebeldes. Vestida con unos jeans ajustados que delineaban sus piernas, una blusa blanca remangada hasta los codos y guantes de limpieza de goma, amarillos, que contrastaban con su piel. Nada de vestidos de noche, ni tacones asesinos, ni miradas de cazadora. Solo la simple, cruda belleza de una mujer trabajadora. Y, sin embargo, a mis ojos, era más hermosa que nunca. La luz que emanaba era distinta, una belleza natural que no necesitaba artificios.
Sonreí. Malicioso. Odiaba esa sonrisa; era la que usaba cuando un trato se cerraba en mis términos. La esperaba. Esperaba que me reconociera. Esperaba ver en su rostro ese segundo de nerviosismo, de memoria desbordada, de la chispa de un recuerdo.
Pero no.
Ella levantó la vista, sus ojos verdes se encontraron con los míos. Me ofreció una sonrisa amable, de desconocida. Una sonrisa profesional, cortés, sin rastro de fuego.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó, su voz suave, nada que ver con el ronroneo seductor de la discoteca.
Yo parpadeé. ¿Nada? ¿Ni un atisbo de recuerdo? Era imposible.
—Sí —dije, recuperando la compostura de inmediato, mi voz un poco más tensa de lo que pretendía—. Estoy buscando a Samira Aldridge.
—Soy yo. —Ella se quitó los guantes de goma con un chasquido, revelando unas manos finas pero fuertes.
—Me recomendaron tus servicios —continué, el plan fluyendo con naturalidad—. Me dijeron que tu abuelo restauraba pianos…
—Así es —respondió ella, asintiendo con la cabeza, una expresión de cariño cruzando su rostro al hablar de su abuelo—. ¿De qué se trata?
Saqué la tablilla arrancada de mi chaqueta, el pequeño trozo de madera con el nombre.
—Mi tío tenía un piano. Esta placa estaba fijada en él. Asumo que tu abuelo fue quien lo reparó hace años.
—David Winston, sí —murmuró ella, tomando la tablilla con delicadeza, una chispa de melancolía en sus ojos al reconocer la letra de su abuelo.
Asentí.
—Me gustaría que lo revisaras. No es el único objeto antiguo que dejó… Hay muchas piezas más que necesitan atención. No quiero perderlas.
—Claro. Puedo ir a verlo. —Samira me devolvió la tablilla, su mirada ya analizando las posibilidades. —Por el tipo de trabajo, necesitaré un adelanto para el material. Y para el desplazamiento.
Mi sonrisa se ensanchó. Lo había mordido.
—Por supuesto. ¿Cuánto necesitaría? —pregunté, sin desviar la mirada de su rostro, buscando un signo, una señal.
Ella sacó una pequeña libreta y un bolígrafo. —Calculo que… con el coste del material, los traslados y el tiempo invertido en la primera visita, unos 100 dólares.
Reí por dentro. Cien dólares. El costo de una botella de vino en el club. Saqué mi cartera y le di un billete de cien. Ella lo tomó con la misma formalidad con la que había recibido la tablilla, como si la transacción fuera tan impersonal como cualquier otra.
—¿Cuándo sería la visita? —preguntó, con total naturalidad, anotando la cita en la libreta.
—Dentro de dos días. Por la tarde.
—Perfecto —dije, sin quitarle los ojos de encima, mi voz volviéndose más profunda—. No te preocupes por el costo. No es un problema. Para nada.
Ella levantó la vista, ligeramente desconcertada por mi seguridad, por la opulencia implícita en mis palabras. Una ceja finamente arqueada.
—¿Nombre completo, señor…?
—Grayson Johnson. —Pronuncié mi nombre despacio, casi saboreándolo, esperando la reacción.
Anotó sin pensarlo dos veces. Sin una sola duda. Ni un rastro de reconocimiento. Ni una gota de recuerdo. Era como si la noche en aquel hotel barato, el sexo explosivo, los susurros, los tacones, el control… nunca hubieran existido para ella.
- Hasta entonces señor Johnson -dijo ella con naturalidad, mientras sus compañeras murmuraban con coquetería.
- Hasta entonces - dije sin dejar de mirarle.
porque, mientras me despedía con un apretón de manos que ella dio con la misma frialdad profesional que a cualquier cliente, solo pensaba en una cosa, la pregunta ardiendo en mi cerebro como un hierro al rojo vivo:
¿Cómo diablos puedes olvidarte de un hombre que te hizo gritar de placer contra una pared, mujer salvaje?
Pero no lo dije. No todavía.
Solo salí de la biblioteca, el aire fresco de la noche un bálsamo para la rabia contenida, con una nueva certeza: Ella estaría en mi casa. En mi territorio. Dentro de dos días. Y esta vez, no la dejaría escapar sin recordarlo. Sin que esa marca en mi pecho, que aún ardía, encontrara su contraparte en la memoria de ella. De rodillas, si era necesario.