Francesco Mancini La pasta de la nona tenía algo mágico o no sé qué mierda, pero lograba que me ponga de buen humor, algo poco común en mí. Sobre todo, luego de perder tantos miles de dólares por culpa del pusilánime del viejo de los Harper. No obstante, el maldito Gobernador se estaba metiendo en mis negocios y eso no me gustaba nada. Mierda. Todo mi buen humor ya se había ido al carajo. El sonido de la puerta abriéndose me desconcentro de mi ataque de furia. Las visitas que esperaban habían llegado. Un viejo amigo del extranjero con el que realizaba ciertas operaciones de contrabando me había sugerido reunirme con este tipo que nunca había visto. Según el, el era el futuro de la política, la clave para librarnos de una vez por toda del maldito de Frank Harper. Cuando lo vi, automáti

